Felipe Pigna Director |
María Seoane Asesora Periodística |
se ha machacado durante estos tres meses
sobre la oportunidad fatalmente perdida
por nuestro país. Obviamente se exageraba
intencionalmente y se ocultaba
información histórica sobre las otras oportunidades
argentinas. Puede decirse efectivamente que “la Argentina”
perdió o no pudo aprovechar del todo determinadas
oportunidades, pero se hace imprescindible aclarar que no pocas
de las decisiones políticas que impidieron aquel aprovechamiento
fueron tomadas por regímenes fraudulentos, gobiernos militares
y democracias limitadas de hecho o de derecho. No pueden
socializarse las culpas como se han socializado de hecho las pérdidas
mientras las rentas extraordinarias fueron apropiadas por
los que tomaban aquellas decisiones.
Es indudable que una parte importante de la renta agraria que el país produjo en el período 1880-1930 fue destinada a la modernización de la infraestructura nacional, construyendo caminos, escuelas, edificios públicos y servicios vinculados con el modelo “hacia afuera”, es decir todo aquello que demandara la agroexportación. Pero nuestra política económica estaba pensada para satisfacer las necesidades de los mercados externos y de la elite beneficiaria del modelo y no las de la mayoría de los argentinos. Prueba de ello es la escasísima construcción de hospitales y la concentración de la obra pública en las zonas vinculadas con la exportación, y el literal abandono del resto del país. Éramos un país rico con un pueblo pobre. El “granero del mundo” tenía regiones enteras sumidas en la miseria y la desnutrición.
Se perdió entonces la oportunidad de volcar los extraordinarios ingresos de divisas en la creación de fuentes genuinas de ahorro nacional que habrían hecho innecesario recurrir al capital externo para financiar las obras de infraestructura, de diversificar la economía, fomentar la industrialización. El resultado fue la consolidación de un modelo de país agrícola-ganadero.
Se hace imprescindible aclarar, sin el menor ánimo de justificar los errores propios de las experiencias democráticas, que las oportunidades de 1945, la del peronismo; la del 58, del desarrollismo; la del 63, del doctor Illia; la del 73, del tercer peronismo; y la del 83, del alfosinismo fueron aprovechadas en forma parcial, que no pudieron desarrollar su proyecto plenamente por las presiones enormes que sufrieron y que tuvieron en común el ser violentamente interrumpidas por el poder económico local e internacional a través de golpes de Estado militares o financieros. También tuvieron en común, con variados y a veces antagónicos métodos e ideologías, el propender al desarrollo nacional, impulsar la política petrolera y de industrialización e integración de los sectores productivos. Por el contrario, el modelo instaurado mediante el genocidio por la dictadura en 1976 y perfeccionado por el menemismo en los 90 aprovechó “muy bien” las oportunidades que le brindaba aquel poder político asociado a las unidades de negocios, para llevar adelante la destrucción del Estado de Bienestar y el desguace de las empresas estatales, de las cuales los ferrocarriles y nuestra línea aérea de bandera son sólo dos de los ejemplos más dramáticos y palpables.
La oportunidad actual tiene características históricas: vivimos en democracia, producimos lo que el mundo demanda, tenemos muy poca competencia y los precios son óptimos. La nueva etapa política que se abre tras la crisis del “campo” le da al Gobierno la oportunidad de recuperar el centro de la escena con planes concretos en el ámbito social, de salud, educativo, de vivienda y productivo que nos corran de la coyuntura y de debatir lo que el poder concentrado impone en la agenda diaria. Ojalá aprendamos definitivamente que las oportunidades deben ser aprovechadas en beneficio de todos los argentinos.
aclaremos: el poroto de soja no tiene la culpa de nada. No es cuestión de demonizarlo, de ninguna manera. Pero la furia por la renta sojera produjo no pocos desmanes en la Argentina. Entre otras cosas, desde 2001 y hasta julio de 2007 se había incrementado en un 42 por ciento el desmonte de bosques con la consecuente deforestación y futura desertificación del país. La última semana de julio de 2008, los Jaguares de Greenpace debieron parar con lo que tenían a mano para estos casos unas tres topadoras que intentaban continuar con el desmonte ilegal de más de 17 mil hectáreas en la finca Las Maravillas, en el norte de Salta, cerca del límite con Bolivia. El ex gobernador Romero –que votó contra las retenciones móviles y a quien se lo vincula con el agronegocio– había tenido la astucia comercial de autorizar este desmonte unos días antes de que se sancionara en noviembre de 2007 la Ley de Bosques. Como la ley no es retroactiva la tala se hacía amparándose en ese resquicio. Pero la tala se realiza ahora, por lo tanto es ilegal no sólo por razones jurídicas sino de equilibrio ambiental. La comunidad wichi ya lo había dicho: “Antes fue el Winchester, ahora es la soja”, refiriéndose al destierro forzoso al que los someten los ambiciosos conquistadores del poroto. Bien por los pueblos originarios, bien por Greenpace: los bosques nativos no se tocan.