No todo en el campo es soja, maíz o trigo. Una gran variedad de productos llega a la mesa de los argentinos gracias al trabajo de pequeños productores, muchas veces ignorados por los grandes números del sector. En la Argentina, dos de cada tres productores hacen agricultura familiar.
hace más de un siglo, en 1894, el pintor Ernesto de la Cárcova delineó con maestría, en su obra Sin pan y sin trabajo, una realidad bien conocida por muchos trabajadores rurales. Allí se ve a un hombre desesperado, mirando por la ventana de un humilde rancho, con su puño izquierdo crispado apoyado sobre una pequeña mesa vacía. Enfrente está su mujer, con mirada triste, amamantando a un bebé. La imagen transmite una mezcla de indignación y preocupación ante la injusticia de un presente de extrema necesidad.
El escenario que sugiere la pintura está muy lejos de ser cosa del pasado. En la Argentina del campo VIP y las 4 x 4, la opulencia de los productores sojeros de la región pampeana contrasta con la realidad de decenas de miles de pequeños productores, descendientes de pueblos originarios y de quienes practican agricultura familiar, un conglomerado que da vida al “otro campo”.
“Existe un espacio productivo protagonizado por la producción cerealera y de oleaginosas, con excelente rentabilidad en los últimos años y con altos rendimientos, y existe también otro campo, con producción familiar, donde gran parte de sus ocupantes carecen de excedentes y están en peligro de desaparición. Estos requieren urgente apoyo integral para impedir que un segmento importante de los campesinos y sus familias abandonen sus predios”, alerta el especialista en economías regionales e investigador principal del Conicet Alejandro Rofman, para quien cerca de un millón de habitantes vive de este otro campo.
El economista distingue ente la producción extensiva en la región pampeana (cereales, oleaginosas) y la de cultivos altamente intensivos en la zona extrapampeana. Mientras la soja, el trigo y el maíz se exportan en una gran medida, Rofman recuerda que “la producción intensiva extrapampeana se destaca por tener en el mercado interno su principal demandante, en particular, frutas, verduras y hortalizas”.
¿Alguna vez pensó el lector qué pasaría si no hubiera más producción
local de leche o de frutas y verduras? ¿Es posible, acaso,
que un día haya que importar papas y calabazas para preparar la
papilla a los bebés? ¿Qué será de la tan argentina tradición de tomar
mate si un día no quedan productores de yerba mate en el
nordeste del país? Para bien o para mal, estamos habituados a ver
las mesas rebosantes de alimentos made in Argentina y olvidamos
que detrás de esa colorida variedad hay hombres, mujeres y niños,
verdaderos artífices de que esos productos abastezcan las mesas de
quienes pueden pagarlos.
Otra mirada
Aunque se trate sólo de una hipótesis, el escenario presentado
más arriba resulta verosímil en la actual coyuntura nacional. Un
reciente informe de la consultora Abeceb.com señala que “en tres
años las exportaciones de carne cayeron 50 por ciento y las de lácteos
más del 45 por ciento”.
En medio del conflicto con el campo por las retenciones, el estudio enfatizó que “la pérdida de participación en las exportaciones de productos alimenticios, por los que nuestro país se destacó como productor mundial, como los casos de la carne y los lácteos, podría ser un indicativo de que el problema va más allá de la sojización. En el caso de los lácteos las tasas de crecimiento anual pasaron de casi el 50 por ciento en 2004, año en que empezaron a decrecer en forma ininterrumpida hasta pasar a ser negativas en 2007, y este año se desploman en más del 41 por ciento”.
Rofman explica que “las principales áreas afectadas por la expansión
de la frontera agrícola de la soja fueron los bosques naturales
del norte (en especial Salta y Chaco) que fueron destruidos y las tierras
dedicadas a cultivos industriales intensivos (algodón) o explotación
ganadera y lechera que fueron sustituidos por la oleaginosa”.
En su análisis, el economista destaca que “la soja requiere muy
baja densidad de empelados por hectárea en relación al algodón y a la
lechería, y empuja la ganadería a tierras menos adecuadas para la invernada”.
Es por eso que “la lechería tuvo un descenso de producción
en los últimos años por la liquidación de tambos sufrida por el corrimiento
de la soja, actividad mucho más rentable que producir leche”.
Durante su presentación en el Senado de la Nación, en momentos
en que se debatían las retenciones móviles, Rofman remarcó
que “el 50 por ciento de lo que se consume en los hogares argentinos
en comida proviene de la agricultura familiar”. En línea con
esta estimación, el Centro de Investigación y Desarrollo Tecnológico
para la Pequeña Agricultura Familiar, dependiente de la Secretaría
de Agricultura de la Nación, calcula que el 66 por ciento
de las explotaciones agropecuarias del país están manejadas
por pequeños productores, es decir, dos terceras partes del total de
330.000 unidades productivas estimadas para todo el país.
El detalle de los productos incluye algodón, tabaco, yerba
mate, mandioca, hortalizas y vacunos en el Noreste; caña de azúcar,
tabaco, cítricos, algodón, especias, ovinos, caprinos y camélidos
en el Noroeste del país; vitivinicultura, olivos, frutales, hortalizas
y caprinos en la zona cuyana; ovinos caprinos y frutales en la
Patagonia, y lechería (tambos), avicultura, ganadería vacuna, cereales,
frutales y hortalizas en el centro del país. Como diría Luca
Prodan, “esa sí que es Argentina”.
Concentración
Según datos de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca
y Alimentos de la Nación, la soja es la reina del campo con una
superficie cubierta de 16,6 millones de hectáreas, el 50 por ciento del total de tierras cultivadas del país y una producción estimada
para esta campaña en 46,5 millones de toneladas. Le siguen el
trigo (18 por ciento de las tierras y 16 millones de toneladas) y el
maíz con el 12 por ciento de tierras y 4 millones de toneladas).
Es decir, entre soja, trigo y maíz concentran el 80 por ciento
de las tierras dedicadas a la agricultura. El resto se compone por
las otras oleaginosas (girasol, maní), cereales (cebada cervecera,
sorgo granífero, arroz, avena, centeno, cebada forrajera) y otros
cultivos (algodón, porotos).
Las nuevas modalidades del negocio agrícola (siembra directa,
biotecnología, pools de siembra) generaron una explosión
de la soja, un mercado en el que el 10 por ciento de los
productores aporta un 60 por ciento de la producción. “No soy
un demonizador de la soja, no es culpable de la concentración, la
soja es un producto más de una mala estructura económica”, afirma
Horacio Giberti uno de los mayores expertos en política
agropecuaria del país.
Giberti sostiene que “desde el 1 a 1 hubo un retiro del Estado
en todo el sector agropecuario y esto favoreció la concentración”.
Denosta a los fondos de siembra porque “con ese concepto especulativo
se hace menos inversión fija (alquilan los campos), no tienen
maquinaria propia (subcontratan), comercializan en su sede
central para poder actuar en los precios y en las compras, y con
todo esto decae normalmente la actividad en el plano local”.
A su entender, “no puede pensarse una política agropecuaria que
no esté enmarcada en un plan nacional de desarrollo, que está faltando
en el país desde hace por lo menos 20 años”. Al respecto, aboga
por la modificación de la ley de arrendamientos (volver a la ley
13.246/48), para reinstaurar el arrendamiento por varias cosechas
(se habla de cinco) y propone una economía agraria diversificada. “Hay un problema demográfico, ya que con las técnicas actuales, el
campo no genera trabajo para todos”, dice.
A su vez, es preciso avanzar en una política crediticia y reestablecer el rol del Estado en la comercialización, a través de las juntas nacionales de Carnes y Granos. Aportes para discutir una política agropecuaria para el desarrollo.
Carlos Boyadjián