Diego Capusotto es el humorista más original y creativo de la pantalla chica. Sus personajes disparatados, como Bombita Rodríguez, “el Palito Ortega montonero”, le dieron una popularidad que lo tomó por asalto y, como si fuera poco, le hicieron ganar dos Martín Fierro.
dicen que los cómicos son gente muy seria. Como Garrick, aquel actor inglés que hacía reír hasta a las piedras y terminó yendo al médico a que le curase la tristeza. O Gila, ese genio ibérico de la carcajada, obtenida con rostro circunspecto, fronterizo con la melancolía. O el enorme Alberto Olmedo, a quien le cambiaba la cara no bien se apagaban las cámaras, cuando volvía la sombra de esa penita que terminó llevándoselo.
Diego Capusotto no escapa a la regla.
El mejor fabricante de risas del momento
es un tipo serio, y lo demuestra
no bien llega al café marrón que sobrevive
en Barracas, a pocas cuadras de
su casa. Para él, el humor es una forma
ideológica de pararse frente a la vida: “Los momentos políticos en la Argentina
nunca son tan gratos como para reírse,
pero es una necesidad humana encontrar
un lenguaje humorístico que te libere de
las bacterias”, deja estampado aun antes
de ponerse a hablar, con esa pinta
de pibe de barrio que desparrama ternura
a diestra y siniestra.
–¿Es cierto que fue un chico peleador?
–Yo me juntaba siempre con los más
quilomberos: los más malos, los rebeldes,
los que tiraban la tiza, los que rompían
cosas. Así que me fui del colegio
porque no había caso. Me puse a trabajar,
enseguida me tocó la colimba, y
después volví a trabajar. Luego empecé
teatro y a partir de ahí me atrapó esto
de juntarse con otra gente para encontrar
las ideas que finalmente se ponen
en un escenario.
–¿Era rockero en la dictadura?
–Para nosotros el rock fue como un refugio,
un lugar donde esconderse de tantos
grises. La dictadura me agarró entre
la adolescencia y la colimba, la clase que
me seguía fue a Malvinas. La generación
del 70 fue afectada por un plan sistemático
de aniquilamiento y la mía, por el
silencio. Para nosotros era casi normal
que hubiera un golpe de Estado que viniera
a poner orden a un caos: si había
elecciones, de ellas siempre devenía el caos, y llegaban los militares a arreglarlo.
Era lo que se recogía en la calle, por
eso se hablaba tanto de la subversión.
Pero no teníamos proyección política de
lo que estaba pasando porque la propia
dictadura se encargó de silenciarlo y colocarlo
como un enfrentamiento permanente
entre las fuerzas del mal y las fuerzas
del bien. Fue un plan para aniquilar
el presente y condicionar el futuro, porque
aunque hace mucho tiempo que los
milicos se fueron, hasta hoy está presente
la matanza.
–También en Peter Capusotto y sus videos
hay una gran observación de lo
social y lo político.
–El programa empezó para que pasáramos
videos de acuerdo con nuestra vinculación
afectiva con el rock. Después
empezamos a crear un lenguaje humorístico
respecto de ciertos íconos y personajes
vinculados con la música, y así
ponernos en un lugar ridículo, exagerado,
inverosímil. A partir de ahí se incluye
todo lo que tenga o no que ver
con el rock, como el peronismo, que no
tiene una vinculación muy directa, sobre
todo porque el rock siempre se ha
separado de lo dogmático de la política.
Porque una de las claves del humor es
la sorpresa, y colocar lo que conocemos
en un lugar casi impropio genera gracia,
como Perón hablando de rock. Lo que
pasa es que en los 70 había una mezcolanza,
de modo que el que escuchaba
rock también podía tener una mirada
de cierta proyección romántica y esperanzadora
sobre lo que en ese momento
fue el peronismo, que abría también
otros imaginarios. Incluso los dirigentes
de ciertas organizaciones consideraban
el rock como algo extranjerizante,
aunque en la periferia, para los jóvenes,
no fuera así. Mi hermano iba a todos
los actos políticos porque estaba interesado
en lo social y ligado afectivamente
al peronismo: estuvo en lugares clave
como Gaspar Campos o Ezeiza, pero
escuchaba rock y no tenía amigos de
la militancia. Había más vinculación
afectiva que ideológica.
–¿Hay quien se haya ofendido?
–No nos hacemos cargo de lo ortodoxo,
de quienes inmaculan la figura de Perón.
La gente que pueda ofenderse no es afín
ideológicamente a nosotros, por más que
sean peronistas. Porque el tipo que es
peronista y hace una exacerbación de su
mirada, y pone a Perón en un lugar totémico,
también puede ser un ignorante.
–¿Le sorprende que el programa tenga
repercusiones inéditas? Bombita
Rodríguez se ha convertido en tema
de filósofos.
–Lo más importante es que la gente
encuentre un espacio de placer dentro
de la TV, y un lenguaje en común donde
identificarse y compartir. Y después
está la mirada que tiene el espectador,
y cada persona hace una lectura personal
e intransferible. No sólo se trata
de ser un vehículo que movilice a
la risa, que es una emoción que me resulta
sagrada, sino de gozar yo también
con algo o alguien que me haga reír
noblemente.
–Algunos hablan de humor cannábico.
–Seguramente muchos se fumarán un
porro y se reirán mucho con el programa,
si no les agarra la paranoia y sienten
que los persiguen. Además, yo también
de vez en cuando me fumo un porro y
me gusta, pero de ninguna manera hacemos
el programa bajo los efectos cannábicos.
Es más, esos efectos me funcionaban
mejor cuando era más chico porque
eran más interesantes. –Según una encuesta, si hoy hubiera
elecciones Bombita Rodríguez tendría
un 43 por ciento de intención de voto,
arriba de Scioli y de Cristina. –Los programas de ficción consiguen
colocar a ciertos personajes en lugares
donde jamás podrían estar, y a lo mejor
representa un vacío dirigencial que Bombita
sea candidato a presidente. Igual me
causa gracia. Bombita no podría ser presidente…
Tendría que luchar contra la
clase media, todo un problema.
–Todo un tema la clase media argentina.
–Hay una parte importante de la sociedad,
que es la clase media, que espera
que no le toquen lo que construyó. Yo
también soy de la clase media, la mayoría
lo somos, no somos ricos ni estamos
desclasados. Yo tengo visión de
mi propia clase, y otros se identifican
con doña Rosa, en esa cosa de confiar
en el poder que está un poco más arriba
de uno porque va por la vida como
un escalador. Nosotros tampoco estamos
educados para mirar todo con
sospecha, y menos al poder. Estamos
educados para respetarlo, por eso se
respetan poderes que podrían ser discutibles.
Como el Ejército, la policía y
la Iglesia, digamos. Hay cosas que empiezo
a ver que no me gustan, porque
devienen de un discurso que se unifica
para que después salga el más poderoso y desplace a todos los boludos que van
atrás de ese discurso, que es lo que probablemente
termine pasando. Como
una izquierda que se pone en contra
del Gobierno, a la que después la Sociedad
Rural y todos esos les van a dar
una patada en el ojete como ha pasado
siempre. Empiezan confusiones que
uno dice “upa, upa”. Y yo también tengo
mi crítica, ni siquiera me alineo en
el kirchnerismo como alguien que ve
con ojos esperanzadores lo que pasa,
yo lo miro con ojos inquietos, curiosos
e incluso críticos, pero también es
cierto que la oposición hace lo suyo.
Como me decía un amigo: “Che, loco,
nos están corriendo como para ser cada
vez más peronistas”. Hay mucho mamarracho
dando vuelta, por eso hay que
estar atentos, digamos.
–¿Atentos o preocupados?
–Hay un viraje en el escenario político
que es bastante complejo, una especie
de política de desgaste que yo miro con
cierta preocupación porque a veces de
eso se trata la política, de negocios sucios.
Algo que debería definirse en las
urnas en 2011 se está apresurando, no
porque vaya a haber un golpe ni mucho
menos, porque no hay un escenario
para eso, pero sí para llegar a 2011
con un gobierno quebrado, y no creo
que todo sea producto de su ineficacia.
Uno trata de profundizar y no hacer
declamaciones inútiles sin conocer
medianamente el tema: con el conflicto
del campo me pasa que hay ciertos
tecnicismos como parte de la negociación
que a lo mejor desconozco, es un
caldo donde uno medio queda afuera,
porque de lo que se trata es de ver si van
a ganar más o van a ganar menos, y es
un problema…
–Detrás de los que hacen humor suele
haber hombres tristes.
–En todo humano siempre hay algo
triste que se esconde. Para mí el espacio
ficcional es un lugar sagrado que
me permite enfrentarme a las tragedias
cotidianas. Yo no soy un tipo de
andar por la vida con un sentido trágico,
pero entiendo que la vida es dura
y a veces tiene finales no deseados, y
que parte de las preguntas del ser humano
acerca de su situación frente al
universo devienen de la tragedia de
la muerte. Son preguntas que a medida
que uno crece se hace mucho más
seguido, y empieza a preocuparse un
poco más por su destino y el de los
que lo rodean. Pero creo que el humor
es una manera de enfrentarlo y decir: “Pese a todo a mí me gusta reír”. Se trata
de encontrar lugares de placer y de
recreo que el ser humano debe tomarse
para vivir mejor y para compartir felicidad
con los demás, que en este caso
son los que te miran y disfrutan con lo
que uno hace.
–Ha vivido la pérdida de dos hermanos.
–Sí, el más chico, de 32, tenía una enfermedad
de nacimiento que le marcaba
una vida limitada, no tenía alternativa.
En cambio, mi hermano mayor
tenía 35 cuando murió de una peritonitis,
y es más tremendo porque podría
haberse salvado. Tengo imágenes muy
tristes que me persiguen cada tanto, y
uno también a veces hace lo que hace
para ahuyentar esas imágenes, aunque
sea imposible.
–¿Le impresiona generar tanto fanatismo?
–Claro. La otra vez estuve en la Universidad
de Lomas, y fue un fenómeno
casi ricotero, salvando las distancias:
había seiscientas personas. Entonces
uno se convierte en una especie de ícono,
que da mucho miedo pero por otro
lado es lo que sucede. En la medida en
que uno tenga coherencia con lo que
hace, amén de las contradicciones humanas,
hay algo que a mí me impide
negociar con el enemigo, y por ahí muchos
pibes ven eso. Yo a veces le digo a
Pedro Saborido que no hay que creérsela
porque es demasiado peso y porque
también nos gusta desmitificar ídolos,
pero siento que para muchos pibes somos
referentes, y que eso hay que tratarlo
con cariño.
–Nunca pensé que esta conversación
iba a ser tan seria.
–En general tengo un discurso totalmente
diferente en los medios, sobre
todo cuando aparece alguna notera:
hay cosas que no se pueden contestar
en serio porque no dejan ningún tipo
de reflexión, ni la pregunta ni la respuesta.
Entonces prefiero decir cualquier
pelotudez que puede ser incluso
más interesante que contestar en serio.
Pero en este caso me sentiría muy estúpido,
si me preguntás en serio, responderte
cualquier pavada. Además me
gusta dejar sentada mi posición ideológica.
No quiero convertirme en un
muchacho ingenioso en las respuestas
ni que me dejen hacer el cuentito de
que como soy humorista tengo que ser
humorista en todos lados.
Cristina Zuker