El Maipo cumplió cien años y tiró la purpurina por la ventana para festejarlos. Lino Patalano, el dueño, armó una programación que cubre todos los géneros de la legendaria sala.
el teatro Maipo sigue festejando. Motivos no le faltan. Los
cien años que empezaron a correr en 1908 encuentran a la “catedral de la revista porteña” en situación de celebrar. Se sabe
que el teatro, como la vida, alterna luces y sombras. Y este año
las luces están encendidas para el teatro de Esmeralda casi Corrientes
mientras a pocas cuadras, al también centenario Colón le
han correspondido –sin merecerlas, claro—las sombras. Contradicciones
por las que en algún momento alguien deberá responder.
Por su parte, el empresario Lino Patalano, en su coqueto despacho
del quinto piso, repasa satisfecho la historia de la casa de
cuya buena y mala fama se hizo cargo en 1994. Luego de restauraciones
y modernizaciones varias, diseñó los festejos de la temporada
2008, que incluyó entre otros eventos a Horacio Lavandera
interpretando a Ginastera, a Enrique Pinti y a Jean François
Casanovas. Y que transcurre con una programación plural. Están
en cartel el ciclo de semimontados Cien años de teatro argentino,
el unipersonal Rose, con Beatriz Spelzini dirigida por Agustín
Alezzo, el recital de Marikena Monti Viejitos chotos y la súper
revista Maipo siempre Maipo, con figuras centrales de talento indiscutible
como Antonio Gasalla o Cecilia Rossetto. Dirigido por
Claudio Segovia, el espectáculo despliega todos los motivos clásicos
del género, incluyendo tributos a la nostalgia como las graciosas
entradas de la cupletista Gloria Montes o la evocación de
Pepino el 88, el legendario payaso de Pepe Podestá. Todo articulado
con un despliegue generoso de ascendentes y siliconadas vedettes,
humor político, escalinatas, purpurina y destrezas varias. Y
dos tópicos infaltables: la rareza, a cargo de los asombrosos gemelos
Lombard, bailarines de tap y breakdance, y la audacia erótica,
aquí con estética de videoclip. En lo que resta del año se irán sumando
también presentaciones de Litto Nebbia, Guillermo Fernández,
Sandra Mihanovich, el Sexteto Mayor, Ethel Rojo, muestras
varias y un homenaje a Niní Marshall. “La idea fue no caer ni en el tributo lacrimógeno ni en la espectacularidad
siglo XXI sino una creación que les permita a los espectadores
de hoy sentir lo que sentía la gente en los 40 o los 50”, dice el
empresario que en los 70 abrió el café concert La Gallina Embarazada
y, visto el éxito, le arrimó en seguida El Gallo Cojo.
–El teatro de revistas supo ser en un tiempo espacio de iniciación para los muchachos. ¿Cuál fue su primera vez con el Maipo?
–Yo en mi adolescencia anduve por otro circuito. Entré en contacto con el teatro a través de María Luz Regás y Luis Mottura, en el Regina. Una onda más intelectual. La primera vez que vine al Maipo como espectador vi a Susana Brunetti, una diosa. Tengo también imágenes deslumbrantes de Nélida Roca, la Lobato o las hermanas Ethel y Gogó con el cuerpo únicamente cubierto de maquillaje dorado. Inolvidables, como las tetas impresionantes de Violeta Montenegro. Pero ojo, que el Maipo no ha sido excluyentemente un teatro de revista. Por aquí pasaron la Comédie Française, Alfredo Alaria, Lola Membrives.
–¿Y dónde nace la leyenda sobre “la catedral de la revista”?
–Cuando se fundó, en mayo de 1908 con el nombre de Scala,
aquí se hacían espectáculos prohibidos “para señoras y niños”.
En 1913 se cerró después de un gran escándalo de trata
de blancas. Parece que el dueño era un francés que estaba en
el negocio. En 1915 se reabrió, rebautizado “Esmeralda-El primer
teatro aristocrático”, y apuntaba a un público más familiar.
Después se incendió y en 1922 se reinauguró como Maipo,
se incorporó la novedad del “cinematógrafo”
y actuaron Gardel-Razzano, las estrellas
del Casino de París, Florencio Parravicini,
Pepe Arias, Libertad Lamarque.
Pero la época gloriosa iba a llegar después
de la remodelación de 1943, tras el segundo
incendio, cuando ya el Maipo era propiedad
de Luis César Amadori. En lo personal,
me interesa todo el teatro. Eso sí,
pongo lo que me gusta. Yo produje desde
cabaret y café concert hasta Philip Glass
o el American Ballet. Llevé a Julio Bocca
a Italia y traje el Ballet Nacional de
España.
–¿Cómo pasó de espectador a empresario
del Maipo?
–En el 94 yo estaba produciendo Las gambas
gauchas en San Telmo. Como el Maipo
estaba sin programación vine para
ofrecerle el espectáculo a Julio Amadori,
que me dijo: “¿Y por qué no te quedás con
el teatro?”. Dije que no. Pero cuando me
iba, el remís me esperaba en la esquina
del Odeón, que ya había cerrado. Se me
cayeron las lágrimas. Lo volví a llamar a
Amadori, hicimos un lessing para comprar
el teatro con la recaudación, hice algunas
reformas y reabrimos con Norma (Aleandro) y Alfredo
(Alcón) en Escenas de la vida conyugal.
–¿Qué recaudos tomó para que las reformas no alteraran el
estilo arquitectónico?
–Estas manzanas eran el barrio francés, de ahí la línea afrancesada
del edificio. Por suerte los Amadori no habían destruido la
caja del escenario. Lo que hicimos fue poner todo en valor, reemplazamos
los mármoles color caca por mármol negro, como el
de la fachada original. Con Renata Schussheim trabajamos en
la restauración ayudándonos con viejas fotografías.
–¿Cómo afronta los caprichos y la histeria que la leyenda
atribuye a los grandes divos?
–Hay de todo, pero pocos son de veras insoportables. Los artistas
son frágiles emocionalmente. Arriba del escenario no se
tienen más que a sí mismos, en todo su desamparo. Por eso los
admiro y me fascina consentirlos. Pero como en cualquier grupo,
hay gente mejor que otra. Yo traje a Liza Minnelli y Shirley
MacLaine. Con la Minnelli seguimos siendo muy amigos,
nos hablamos, nos escribimos, nos reencontramos
acá o en Nueva York. Pero la
MacLaine resultó ser más que difícil. Liza
me lo había advertido.
A 100 años de su fundación, el Maipo
parece haber establecido con Lino Patalano –que lo conduce hace apenas 14– un vínculo
simbiótico. No es fácil que convivan en
una misma persona la habilidad para hacer
buenos negocios y la disposición para gozar
de los placeres del cuerpo y del espíritu. De
esa síntesis habla la memoria autobiográfica
del empresario nacido Pascualino Cosme Patalano
hace 62 años, en una familia adinerada
de Gaeta, cerca de Nápoles: “Mi abuelo
era gastador, llegó a vender un campo para
comprar un piano. Además, durante la Segunda
Guerra Mundial los alemanes dinamitaron
el pueblo, incluidas las seis casas de mi familia.
Yo nací en una pieza alquilada, empapelada
con acciones del Banco de Italia que ya no valían
nada. Y siempre me inculcaron que el dinero
sirve sólo para gozarlo. Si lo guardás, antes o
después lo perdés. Este teatro lo compré con mi
laburo, no con una herencia. La plata que me
quedaba en el banco la usé para hacer los camarines
nuevos. Y soy feliz”.
Olga Cosentino