Felipe Pigna Director |
María Seoane Asesora Periodística y Editorial |
llegó finalmente el mes tan mentado, mayo, el mes del Bicentenario. Enorme oportunidad para pensar y pensarnos, para retomar la senda marcada por nuestros padres fundadores y honrar el mandato histórico de Mayo de 1810 tan manipulado durante estos doscientos años. Porque aquellos sueños de libertad e inclusión, de industria, progreso, justicia y educación para todos fueron trocados por la justificación de la llegada y permanencia en el poder de una elite que se decía continuadora de los ideales de mayo pero que en realidad practicaba todo lo contrario.
La línea Mayo-Caseros es en todo caso muy sinuosa y caprichosa.
Los hombres que encararon el Proceso de Organización Nacional tras la derrota del interior en Pavón comenzaron en 1862 con Mitre a crear un nuevo Estado centralizado en el que el principal rubro del presupuesto estaba constituido por los gastos militares de un flamante ejército nacional que nacía con una hipótesis de conflicto muy clara: la represión interna a los movimientos provinciales que se resistían a aceptar la hegemonía del puerto de Buenos Aires y el sometimiento a sus políticas. Estos dirigentes reivindicaban de palabra la revolución y a sus hombres pasteurizándolos, quitándoles todo contenido cuestionador y revolucionario. Si hasta llegaron a negarle legitimidad al Plan de operaciones de Mariano Moreno argumentando que era apócrifo. Claro que leyendo aquella obra basal del pensamiento morenista uno entiende por qué los autodenominados liberales argentinos se quieren despegar de aquel Moreno que escribía: “Una cantidad de 200 o 300 millones de pesos puestos en el centro del Estado para la fomentación de las artes, agricultura, navegación, etc., producirán en pocos años un continente laborioso, instruido y virtuoso, sin necesidad de buscar exteriormente nada de lo que necesite para la conservación de sus habitantes, no hablando de aquellas manufacturas que, siendo como un vicio corrompido, son de un lujo excesivo e inútil, que deben evitarse principalmente porque son extranjeras y se venderán a más oro de lo que pesan”. Este era el “liberal” Moreno. Era lógico que, según su costumbre que se iría perfeccionando, quisieran hacer desaparecer aquel escrito que les complicaba su instalación de la idea de la “herencia” de los mejores ideales de Mayo, no convenía que Moreno explicitara tan claramente la necesidad de la inversión del Estado en infraestructura para cambiar el modelo de país de pastoril exportador para unos pocos a industrial, agrícola y moderno para muchos. No podía aparecer nada menos que Moreno criticando las importaciones suntuarias, tan “necesarias” para nuestras señoras y señores de la burguesía terrateniente que se disfrazaban de liberales.
Tenemos en este 2010 la oportunidad de acercarnos a aquel pensamiento no desde la nostalgia de lo que fue y no será, sino desde la lógica que revaloriza un pensamiento que mantiene una extraordinaria vigencia y que puede sernos de una gran utilidad en la tarea de reconstrucción y puesta en marcha de un modelo productivo inclusivo en el que nadie se quede afuera. Esto proponía hace doscientos años Manuel Belgrano: “Es de necesidad poner los medios para que puedan entrar al orden de sociedad los que ahora casi se avergüenzan de presentarse a sus conciudadanos por su desnudez y miseria, y esto lo hemos de conseguir si se le dan propiedades que se podría obligar a la venta de los terrenos que no se cultivan, al menos en una mitad, si en un tiempo dado no se hacían las plantaciones por los propietarios; y mucho más se les debería obligar a los que tienen sus tierras enteramente desocupadas, y están colinderas con nuestras poblaciones de campaña, cuyos habitadores están rodeados de grandes propietarios y no tienen ni en común ni en particular ninguna de las gracias que les concede la ley: motivo porque no adelantan”.
el amor y la pasión social, política y personal que aquellas jornadas libertarias de Mayo de 1810 pusieron en marcha, y hoy se festejan como Bicentenario, permiten reflexionar acerca de lo zigzagueante que puede ser la historia, en sus marchas y contramarchas, en sus avances y retrocesos. Cuando cursaba el secundario, allá por 1963, y a los quince años me sentía más identificada con Mafalda que con Susanita (ya leía a Borges, a David Viñas y a la Lolita de Nabokov), me paré junto a mi pupitre, acomodándome mi delantal blanco de escuela pública y me atreví a decir –con la certeza de un forense– que Mariano Moreno había sido asesinado en alta mar. El poder profesoral cayó sobre mi cabeza como un rayo del Olimpo. Fui obligada a retractarme si no quería ser amonestada, simplemente porque acababa de leer el Plan de operaciones, como llamábamos resumidamente a la obra que se intentó sepultar o considerar apócrifa durante más de 150 años, de Moreno. No me retracté: guardé silencio tan avergonzada como para jurar venganza: no creer nunca en la historiografía oficial. Esta decisión me conectaba, aunque aún no lo sabía, con mi generación de los 60 y 70, que hizo algo más que preguntar en clases al intentar una revolución. Los vencedores de la batalla de Pavón (Mitre) y luego la interpretación liberal de la historia que plantó la generación roquista de 1880 manipularon el sentido de la Revolución de Mayo y de su principal hacedor. Tanto empeño revelaba el encubrimiento de las ideas de Moreno, vinculadas a la creación de un nuevo país que debía romper las cadenas del colonialismo, pero, al mismo tiempo, iniciar un proceso de construcción del Estado, interviniendo en la economía, para garantizar no sólo la libertad sino la igualdad. Esta es la idea medular que los liberales de todo pelaje negaron, con la ayuda de los textos escolares, porque siempre estuvieron dispuestos a defender al Moreno de “la libertad de prensa” pero jamás –porque allí se trataba de discutir sobre quién se queda con el dinero que producen los pueblos– la supremacía del Estado sobre el mercado. La reivindicación de Moreno es, al mismo tiempo, la idea de casa común con equidad. Que hayan lanzado su cuerpo al mar también reveló los estilos mortales de aquellos conservadores de Mayo, luego liberales del Centenario, y dictadores de todo el siglo XX que reescribieron la historia para omitir u ocultar, para ganar tiempo y plata. Doscientos años después, seguimos buscando otros cuerpos en alta mar. Se sigue intentando defender la participación incisiva del Estado en la economía. Ahora, los jóvenes no tienen vergüenza de sostener que Moreno fue asesinado. Muchos profesores, tampoco. Se necesitó tanta agua para apagar tanto fuego, y se necesitó tanta sangre para rescatar en libertad y sin vergüenza qué se discute en la Argentina cuando se habla de aquella revolución de 1810.