A treinta años de la guerra, la cuestión Malvinas supera el mero hecho de la pertenencia histórica de las islas y comprende, también, los recursos naturales que están en juego, y que vienen siendo explotados por Gran Bretaña en perjuicio de la Argentina.
El 30º aniversario del conflicto bélico en el Atlántico Sur vuelve a poner la cuestión Malvinas en el centro de la escena política local. Desde que la corona británica expulsó a la guarnición argentina y el archipiélago pasó a formar parte de sus colonias en 1832, aquellas islas se convirtieron para los argentinos en un símbolo de la soberanía usurpada. El relato historiográfico, los textos escolares y la iconografía oficial alimentaron esa reafirmación que atraviesa a todas las concepciones políticas y los estratos sociales. Sin embargo, nada fue igual después de aquella guerra. La aventura suicida de una dictadura que comenzaba a dar sus primeros signos de debilidad y agotamiento no sólo significó un grave retroceso en el plano diplomático –el terreno en el que históricamente había planteado la Argentina su reclamo–, sino que provocó en el imaginario social una profunda herida que aún muestra signos de supuración. Que haya sido la dictadura más sangrienta la que se apropió en su momento de una reivindicación indiscutida generó un estado de confusión que todavía arrastra sus efectos. Aquella caracterización de Raúl Alfonsín como “héroes de Malvinas” nada menos que a los militares que pretendían desplazarlo del poder quizás sea el ejemplo más claro de lo complejo y urgente que significa abordar Malvinas. La profundización de la explotación de los recursos naturales –fundamentalmente ictícolas e hidrocarburíferos– que Gran Bretaña viene llevando adelante en los últimos años obliga al Estado argentino a redoblar los esfuerzos para que finalmente la potencia colonial se siente a negociar la soberanía, tal como lo resolvió Naciones Unidas. Pero también la tragedia histórica que significó la experiencia bélica establece que la vía diplomática sea el único camino para canalizar esos reclamos. Que esto sea así, por más arduo y prolongado que resulte el proceso, constituye la nueva arquitectura necesaria para reconstruir la cuestión Malvinas desde una perspectiva soberana y democrática a la vez.
“Los británicos van a sentarse a negociar el día que les resulte más costoso no hacerlo”, sentencia Jorge Taiana, ex canciller de los presidentes Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Desde ese lugar se explican las últimas decisiones tomadas por el gobierno argentino de iniciar acciones legales contra las empresas petroleras que realicen trabajos de exploración y explotación en las inmediaciones de las islas. “En la medida que la Argentina logre ir limitando el accionar de los británicos en cuanto a los saqueos de los recursos, iremos generando mejores condiciones para llevarlos a la mesa”, completa Taiana.
Gabriel Puricelli, coordinador del Laboratorio de Políticas Internacionales, observa que desde la resolución de la ONU en 1965, “con excepción de Menem, todos los gobiernos democráticos mantuvieron conceptualmente una línea de continuidad en la política diplomática respecto de Malvinas que consiste en tratar de que sean cada vez más los foros multilaterales que se pronuncien a favor de un llamado a la negociación”. En este sentido, Taiana recuerda que cuando asumió Kirchner en 2003 se evaluó el resultado que habían tenido los acuerdos provisorios establecidos en los 90 “y se llegó a la conclusión de que no sólo no acercó un ápice a los británicos a la mesa de negociación, sino que esos acuerdos fueron deformados y reinterpretados por ellos para fortalecer su posición y debilitar la posición argentina”. Por lo tanto, la nueva política diplomática se basó en dos ejes: retomar la firmeza bilateral ante los británicos y convertir el reclamo en una reivindicación de toda la región. Para Puricelli, después de la derrota militar el status quo casi no se ha modificado. Sin embargo, señala que en el tablero mundial se han dado una serie de fenómenos que llevan a “que lentamente empiece a inclinarse la balanza a favor de la Argentina”. A saber, “la continuidad de regímenes democráticos en Sudamérica lleva a una convergencia de posiciones, que abre lugar a que una política regional unificada y coherente forme parte del interés nacional de cada país”. A su vez, observa que “la declinación geopolítica del Reino Unido no se detiene”, a lo que se le suma “el tremendo ajuste fiscal que está llevando adelante David Cameron y que afecta particularmente al presupuesto de Defensa; lo que lleva a que sea cada vez resulte menos sustentable el costo que les genera Malvinas”.
Taiana también observa el futuro de manera optimista a los intereses argentinos. Para fundamentar esa apreciación, enumera una serie de cambios políticos y económicos que se vienen sucediendo a nivel mundial. “En la medida en que hay un desplazamiento a largo plazo del norte hacia el sur y que de un mundo bipolar vamos hacia un mundo multipolar, y que en ese mundo multipolar América del Sur va teniendo un rol y una voz más escuchada; en la medida que la Argentina crezca y siga creciendo como lo hizo en los últimos años y siga el proceso de integración y la región siga siendo atractiva, indudablemente se irán generando mejores condiciones”. Por eso no duda en afirmar que “es más fuerte lo que dice América del Sur hoy que lo que decía hace veinte años”.
(...Continúa en la revista)
Por Pablo Galand