El ministro de la Corte, Eugenio Zaffaroni, analiza junto a Caras y Caretas estos tiempos de judicialización de la política.
Todo llega acá, todo, todo. No hay cadáver que no llegue acá. Por eso digo, cuidado: creo que la política tiene que recuperar la capacidad de negociación”, determina Eugenio Raúl Zaffaroni, en relación con la sempiterna judicialización de las leyes votadas por el Congreso. En esta entrevista con Caras y Caretas, el juez de la Corte Suprema se refiere al fallo del máximo tribunal sobre el aborto, discurre los porqués de las negativas a discutir una reforma constitucional para pasar a un sistema parlamentarista y, al respecto, sostiene que muchos dirigentes se oponen porque se preguntan: “¿Cómo voy a funcionar en esto nuevo?”.
–El fallo de la Corte de no punir los abortos en caso de violación, ¿qué representa en términos de ampliación de derechos civiles y por qué cree que tuvo buena recepción en la sociedad?
–Durante muchísimas décadas no se planteó nunca ir a pedirle autorización a un juez para practicar uno de los abortos no punibles del Código Penal. En las últimas décadas empezó a plantearse esto, como una cosa rara, absolutamente fuera del texto. Las conductas que están justificadas son no punibles, no lo son y listo. Se terminó el asunto, no hay que ir a pedirle autorización a ningún juez. Lo que hemos dicho no es nada más ni nada menos que lo que dice el Código hace 91 años, desde 1921 hasta hoy.
–¿Esa conducta puede ser atribuida a la presión de un lobby que opera sobre los comités de ética?
–Fue un avance del poder médico sobre el Poder Judicial, sí, de alguna manera, pero no tiene nada que hacer el comité de ética de un hospital con esto. El resultado de eso fue finalmente escandaloso. Fue una barbaridad dejar avanzar un embarazo de esa manera por obstaculización judicial. Creo que eso colmó un poco la medida de tolerancia de la sociedad.
–El arzobispo de La Plata, Héctor Aguer, dijo que la Corte jamás se atrevería a aplicar la pena de muerte a un violador pero que sí lo hizo o lo va a hacer con el fruto de esa violación. ¿Qué opina?
–Ese tipo de valoraciones son respetables, pero que la discuta en el Congreso, el Código dice eso. Que cambien el Código. Yo tengo que aplicarlo, fundamentalmente. Esa discusión y la de sobre si tiene que haber más supuestos de aborto no punible tienen que llevarse a cabo en el ámbito legislativo. La salud, en nuestro código, considera aborto no punible al que pone en riesgo la salud de la madre, no la vida. La salud es un concepto psicofísico, hasta han intentado suicidarse. La salud psíquica está en riesgo.
–Entre las posturas opuestas a una reforma constitucional que pudiera llevarnos a un sistema de gobierno parlamentarista, se destacan las de algunos que habiendo hecho una suerte de “elogio del Congreso” frente al poder presidencial, hoy dicen que no es un tema que le interese a “la gente”.
–Aún no les interesa el tema a todos los ciudadanos porque no se lo discute. Ahí está el problema. Es decir, si no lo discutimos, si no hablamos de las posibles ventajas o desventajas, no le interesa a la gente, independientemente de la oportunidad. Desde hace veinte años sostengo que un sistema parlamentario nos daría mucha mayor estabilidad y nos permitiría más fácilmente estructurar políticas de Estado; es decir, políticas que se continúen a lo largo del tiempo. Por otra parte, es un sistema que creo que nos garantiza que en casos de crisis, la crisis política no se convierta en crisis del sistema. Todas las democracias por asentadas que estén en algún momento las tienen y la tendremos, en cinco años, diez, quince; en algún momento las tuvimos y no estamos protegidos por la mano de Dios para no tenerla. Una Constitución no se piensa para el presente y tampoco se piensa para cuando todo va bien. La Constitución justamente lo que tiene que prever es que todo vaya mal. Aspiro a que haya un debate, una discusión, que la opinión pública sepa que hay otras variables, otras posibilidades. Que no nos sorprenda un día alguien con una reforma constitucional sacada de la manga. El día que se abra el espacio político para una reforma constitucional, que haya un debate público ya preparado, que el público tenga alternativas disponibles. Algunos puede ser que evadan ese debate por temor al cambio: “Hasta ahora funcionamos así y yo tengo un lugar. Y si mañana esto cambia, ¿yo funcionaré en esa otra cosa?”.
–¿Cuáles serían esas ventajas?
–Una de las ventajas de un sistema parlamentario es que quitaría el temor que hay en un sistema presidencialista a la posibilidad de un cambio antes del tiempo previsto. De esta manera se podría vivir dentro de la institucionalidad el momento en que una realidad política se agota o fracasa, y es reemplazada por otra. En un sistema presidencialista cambiar a un presidente algunas veces es traumático. Otra de las ventajas del sistema parlamentario es que jerarquiza al Parlamento y produce que quienes desean hacer carrera política se muestren allí ante la sociedad. Si quiere ser ministro, trabaja en el Parlamento y hace oír sus propuestas al público y a su propio gobierno. Si es opositor cumple con su rol de control y alternativa.
–Así habría una valorización del rol de la oposición, y la principal caja de resonancia sería el Congreso y no los medios.
–Es cierto.
–Pero entonces, si se jerarquizara el Parlamento, un pedido que ha llegado varias veces desde tantos sectores, ¿por qué esta oposición ahora?
–Creo que, consciente o inconscientemente, se preguntan “cómo voy a funcionar en eso”. Cuidado, el gobierno parlamentario requiere de algo que la política argentina está perdiendo, lamentablemente, que es la capacidad de negociación. Parte de la política es negociar, en el buen sentido de la palabra. Es decir, tenemos un conflicto, hay que resolverlo, tenemos que negociar. Cedeme un poco, te cedo un poco, veamos. Y no sé si mucha gente actual tendría la gimnasia suficiente como para desarrollar esa capacidad.
–¿Cuáles serían los puntos para generar debates más activos?
–Hay un fenómeno que lo hemos vivido: el oficialismo sin mayoría en el Congreso; en ese caso tiene muchas dificultades para gobernar. Yo creo que el que gobierna tiene que ser fuerte. Los Ejecutivos en los sistemas parlamentarios siempre tienen mayoría propia, por definición. Un presidente sin mayoría en el Congreso no es fuerte, más con un sistema donde por un voto alguien se lleva todo y el resto trata de ponerle el palo en la rueda todo el tiempo, y después cuando el otro llega empieza el penelopismo: comienza a destejer lo que el otro hizo. Así no podemos tener políticas de Estado; se habla del transporte: estructurar una red de infraestructura de transporte en el país es un programa a veinte años, se puede avanzar más rápido más lentamente, pero tiene que haber algo que indique ese sentido. No podemos estar marcha atrás, marcha adelante, tenemos que discutir las velocidades para ir para adelante pero hay determinadas políticas de Estado que no podemos interrumpir arbitrariamente.
–En una entrevista en 2009, usted dijo que era un momento en el que se judicializaba la política. Todavía hay artículos trabados de la Ley de Medios, se quiso imponer una resolución cautelar por la disolución del Registro Nacional de Trabajadores Rurales y Empleadores y ahora todo indica que el traspaso del subte va a llegar a la Corte Suprema. ¿Estamos en una situación similar?
–Todo llega acá, todo, todo. No hay cadáver que no llegue acá. Por eso digo, cuidado: creo que la política tiene que recuperar la capacidad de negociación.
Por Iván Schargrodsky y Rubén Viñoles