¿Quieres visitar el sitio del Centro Cultural Caras y Caretas? Clickea aquí

 

el mundo fue y sera

negocios mundiales SA

La Copa del Mundo de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016 abrieron en Brasil la gran compuerta de los escándalos. Forzamiento de leyes, renuncias de ministros y presiones de Barack Obama. Un cóctel explosivo que mezcla política, negocios y deporte.

 

 

Es su momento, nadie lo duda. Brasil ya alcanzó ese lugar reservado al selecto club de las potencias globales: es la sexta economía más pujantes del mundo, líder político indiscutido de Latinoamérica en las plateas multilaterales y, si le faltaba algo, afianzó la identidad de su “marca país” con la conquista de los dos mayores megaeventos deportivos a los que sólo algunos países pueden aspirar y en apenas dos años de diferencia: el Mundial 2014 y los Juegos Olímpicos en Río de Janeiro 2016. Pero para conseguir tamaña oportunidad de negocios, Brasil prometió alterar su fisonomía a pasos acelerados. ¿A qué precio lo está haciendo?
Las cifras en torno a estos eventos son embriagadoras. Miles de millones de dólares en inversiones en época de crisis y cuando la economía verdeamarela ya acusó un primer desaceleramiento: un crecimiento de su PBI en 2011 de 2,5 por ciento, positivo aún pero menor al esperado. Catorce mil millones en obras para la Copa del Mundo, 18 mil millones para los Olímpicos, 330 mil empleos fijos nuevos y otros 380 mil temporales y una inyección turística proyectada de hasta tres millones de visitantes. Y todos quieren un bocado de la torta.
“Robarán sin vergüenza alguna”, previno el ex astro del seleccionado y actual diputado Romário Da Souza Faria en alusión a las obras públicas para el Mundial. “He estado en las doce ciudades sedes y se dejará a muchos de los estadios incompletos hasta un año antes del torneo para entonces catalogarlos como obras de emergencia sin más necesidad de licitaciones. Entonces no habrá límites y uno no se puede imaginar los costos que aparecerán”, auguró el ex futbolista.
El gran temor es la resurrección de los “elefantes blancos”, monumentales obras edilicias de los Juegos Panamericanos de Río 2007 que quedaron obsoletas tras la fiesta deportiva, cómplices de irregularidades fiscales y sobreprecios. Romário y Brasil tienen sus buenas razones para temer: las exenciones autorizadas desde 2011 por Brasilia para cumplir con los plazos de obras para 2014, acelerando tiempos a cambio de flexibilizar formalismos en las contrataciones, abonan el campo para la corrupción.
Y corrupción es mala palabra en el gobierno de Dilma Rousseff. De los catorce ministros y altos funcionarios nacionales a quienes la presidenta abrió la puerta por denuncias en su contra, un tercio de ellos dimitieron por acusaciones vinculadas directamente con los negocios del Mundial: Mario Negromonte, titular de Ciudades y a cargo de los proyectos de interconexión, acusado de fraude por el diario O Estado de São Paulo; Pedro Novais, de Turismo, quedó en el foco de las irregularidades en el programa de capacitación de personal de servicios para la Copa; Orlando Silva, de Deportes, está sospechado de irregularidades, y hasta Ricardo Teixeira, el “Grondona” del fútbol brasileño durante 23 años de dominio feudal de la Confederación local, se alejó del cargo presionado por una mandataria que nunca comulgó con su prontuario.
En el documento “Megaeventos y violaciones a los derechos humanos en Brasil”, los Comités Populares de la Copa, asociaciones de base agrupadas en las doce plazas del torneo, cuestionaron la imposición de un modelo de negocios para que “empresas nacionales e internacionales sometan a la nación y a las ciudades sede a sus caprichos o, mejor dicho, a sus intereses”.
La “Ley General de la Copa del Mundo” que la Fifa impulsa como marco legal económico desconoce las normativas brasileñas. Hay ejemplos: la venta de alcohol en los estadios –prohibida en Brasil–; la censura a los precios diferenciales para estudiantes, discapacitados, gente de bajos recursos y jubilados; y la suspensión de la “Ley Pelé”, que distribuye el 5 por ciento de los ingresos por televisación a los sindicatos deportivos. Además, impone una zona de exclusión en torno a los estadios para la franquicia Fifa y demanda la entrega de visas para todo extranjero que adquiera una entrada para el Mundial.
De algún modo, la proyección global de Brasil trae adosada una serie de compromisos con la elite a la hora de los negocios. Barack Obama fue claro: “Estados Unidos no quiere ver los juegos desde los laterales”, dijo en su último encuentro con Rousseff. “Ahora que Brasil se prepara para organizar el Mundial y las Olimpíadas, queremos asegurar que empresas norteamericanas tengan un papel activo en ese proceso. Brasil necesita construir nuevas carreteras, puentes y estadios y nuestras firmas están listas para ayudar en ese desafío”, selló el lobbista del Norte con despacho en la Casa Blanca. El entendimiento entre ambos gobiernos abarca desde el planeamiento y desarrollo estratégico, infraestructura, seguridad y apoyo al turismo y el comercio hasta la capacitación de funcionarios brasileños en seguridad y el envío de expertos estadounidenses a Brasil.
También el Mercosur busca su espacio. Dilma le hizo el guiño a su par argentina Cristina Fernández en diciembre último, cuando suscribieron el Mecanismo de Integración Productiva en el bloque.

 

FAVELAS TOP
“Cuando los negocios prevalecen sobre el interés común, la privatización del espacio público es absoluta”, expresó Carlos Vainer, profesor del Instituto de Investigación y Planeamiento Urbano y Regional de la Universidad Federal de Río de Janeiro, en su artículo “Río 2016: um jogo (Olímpico?) de cartas marcadas”. Para el académico, el concepto clave que describe a Brasil hoy es el de “ciudad vitrina”, la urbanización alentada en los 80 por el Consenso de Washington que concibe a la ciudad como una mercancía más, “donde es necesario esconder todo aquello que no tiene lugar en la vitrina, como ser la pobreza y la miseria”.
En Brasil, las favelas no armonizan con la “marca país”. Como tampoco encajaron en 2010 las 35 mil familias desalojadas en Nueva Delhi durante las obras por los Juegos de la Commonwealth o los sudafricanos de los barrios precarios de Pretoria durante la Copa, acorde con una denuncia de la relatoría especial de Naciones Unidas para la vivienda. Según los Comités Populares, hasta 170 mil brasileños podrán ser afectados por el levantamiento de nuevas infraestructuras en sedes del Mundial como Curitiba, Fortaleza o Belo Horizonte.
Ni hablar de los negocios colaterales que se desprenden de la irrupción de la policía militarizada en las favelas cariocas. “Las Unidades de Policía Pacificadora (UPP) –según la estrategia de expulsión del narco y ocupación de su espacio– son la gran plataforma de seguridad pero ocultan innumerables cuestiones. Fueron apostadas en 67 de las mil favelas de Río, en áreas que recibirán inversiones urbanísticas multimillonarias o están en las cercanías. Pero no hay UPP en lugares controlados por los paramilitares”, resalta Cláudio Souza Alves, sociólogo y prorrector de la Universidad Federal Rural de Río de Janeiro. “Bajó el delito pero no desapareció. Hay una reconfiguración geopolítica del crimen organizado”, insiste el catedrático.
Bajo el paraguas de la seguridad, los operativos de ocupación generan tentadores negocios en los barrios aledaños donde el temor a la “bala perdida” rivalizaba con las exclusivas ubicaciones. Según informó a la BBC, José Conde Caldas, presidente de la Asociación de Dirigentes de Empresas del Mercado Inmobiliario de Río (Ademi-RJ), las propiedades de São Conrado, al sur de la ciudad, podrían aumentar al doble su valor gracias a la presencia policial en la Rocinha. Mientras que en Tijuaca, en el norte, se recotizarían hasta un 70 por ciento.
Pero además, las pacificaciones permitirían explotar al máximo un incipiente nicho comercial de la mano del turismo que anhela un mayor contacto con el misticismo de los morros. Hay hoteles-posadas cada vez más sofisticados como alternativa de alojamiento en el corazón de las favelas además de las ya frecuentes excursiones por los infinitos pasillos y recodos. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que alguna de las grandes cadenas emerja con una torre propia entre las viviendas de ladrillo desnudo? Entonces, Brasil se habrá convertido en una sucursal más de los negocios mundiales para unos pocos.

 

Por Mariano Beldyk

 

 

Copyright ©2007 - Caras y Caretas
Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial
E-mail: revista@carasycaretas.org.ar