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la conversacion

famoso sin querer

Jorge Suárez, el que en camisa con moñito nos tuvo en vilo como un abogado turbio en El elegido y ahora alcanza su consagración en teatro interpretando a Freud, es un actor de perfil bajo y prestigio alto que ganó todos los premios habidos y por haber. Serio y apasionado, cuenta su vida.

 

 

Hasta convertirse en el actor de raza que cada noche sube al escenario para hacer la función de La última sesión de Sigmund Freud, Jorge Suárez ha transitado el único derrotero que lleva sin paradas a la consagración: formarse y transpirar la camiseta igual que el loco Houseman, su ídolo como buen fana de Huracán. También lágrimas y algunas alegrías: a sus flamantes 49 años ha ganado casi todos los premios con los que el teatro nacional distingue a sus figuras. Lo presintió desde que a los 18 ingresó en el Conservatorio Nacional. “Ahí fue cuando nací, cuando se abrieron mis sentidos, el corazón, la cabeza y me conecté con mi eje”, reflexiona antes de terminar de ponerse el ropaje de Freud para reiniciar, en duelo artístico con Luis Machín y bajo la invalorable mirada de Daniel Veronese, una intensa conversación acerca de las precarias circunstancias del devenir humano.
–Vaya desafío que le ha caído en suerte.
–Estoy atravesado por este personaje. No pensé que me iba a pasar, pero acabo de vivir un momento personal muy particular respecto de la vejez, la muerte, el afecto. El final de mi padre me ha marcado como un antes y un después: al irse, quedé con la sensación de que todo es tan finito, tan delicado, de que somos tan vulnerables. Así que lo importante es hacer lo que nos gusta en el poco o mucho tiempo que nos quede, y si tiene que ver con el poder entregarse, es el mejor objetivo.
–¿Cómo era su padre?
–Un hombre muy vital, que hace 10 meses sufrió una enfermedad que lo deterioró. Hay cosas de este personaje que me unen a esa circunstancia de la vida donde nunca se sabe qué puede pasar. Aparecen las cosas esenciales, los recuerdos, todo lo valioso que hay que tratar de honrar, y ese es el gran homenaje hacia él, fue un gran padre, siendo una persona que no tenía nada que ver con este oficio, alguien entrañable, lleno de amigos y de gente querida, y un tipo muy generoso en el amor.
–¿Le gusta cocinar?
–Me encanta, y lo hago muy bien: la actuación me resulta algo así como cocinar un rico plato. No siempre se puede, no siempre los elementos son los suficientes y a veces, como en este caso de La última sesión..., los condimentos y los utensilios son los justos, los que necesitábamos para hacer este plato que está rico, rico.
–Hay algo de sibarita en usted. ¿Cuál es el plato que más recuerda de los que le preparaba su madre?
–Ella cocinaba para gente humilde, de trabajo, pero también para los directivos de fábricas y oficinas que venían casi todos los días. Una de las cosas que añoro es el arroz con pollo, algo exquisito que no volví a comer jamás. Esos son los recuerdos que vuelven inevitablemente. Yo tengo un olfato muy sensible, los olores me dominan, me puedo perturbar mucho por un olor feo y me puedo perder en uno rico, me exalta, el perfume me llena de emociones.
–Hay cierta sensualidad en su expresión.
–Mi padre, por ejemplo, hacía un tuco de pollo que no creo que vuelva a gozar. Un día el Puma Goity, mi amigo, me dijo: “Esto es como baba de ángeles”. Era una cosa superior, inolvidablemente rica. Bueno, papá fue muy amigo de mis amigos, muy generoso con ellos y ellos con él, un tipo muy del truco, de la buena charla, de estarse cómodo, de disfrutar. Era muy sencillo.
–Pero amante del teatro.
–Sí, desde chico me llevaron al teatro. Iban instintivamente; el teatro es como el espejo de la sociedad, donde nos podemos observar, estudiar, y a partir de eso hasta reírnos un poco más de nosotros mismos y modificar algo. Ya el hecho de verse es tremendo: cuando mi hija me vio caracterizado de Freud lloró una hora y media, y mi hijo me confesó que le costaba mucho mirarme. Y yo al otro día entré en el baño, y en el espejo del camarín vi a alguien que me shockeó muy fuerte.
–Debe repetirse cada noche en el camarín.
–Estoy más acostumbrado, llevamos muchas funciones. Nadie me conoce, nadie me saluda, es una sensación muy agradable por un lado, en el sentido del anónimo, de la sensación de poder caminar y no sentirme observado, y por otro lado una extrañeza, porque para nosotros el cariño de la gente es muy gratificante, el público nos devuelve todo, lo lindo, lo feo, la crueldad. “Pero usted es mucho más flaco que en la tele, donde parece un señor gordo”, te dicen. Y lo hacen con una frescura que uno siente que debe ser así. Pienso que el público como masa se comporta de una manera muy honesta. Todo lo que nosotros vemos frente al televisor, de una vulgaridad tan grande, nos equivocamos al creer que se acepta como natural, como verdadero. La gente sabe que eso es mentira, y no una mentira ficcionada sino un reflejo de la parte más procaz. Nos exponen, nos ponen a prueba todo el tiempo, pero la sala se llena de los que vienen con la alta intención de cultivar una parte de ellos que necesita ser expresada de alguna manera.
–Alguna vez dijo que no tenía ningún interés en conocer a “esa señora”, refiriéndose a la Presidenta.
–Era una época en que estaba más enojado que ahora. Creo en la libre expresión: ante un 54 por ciento, queda otro porcentaje que no está de acuerdo, y hay que respetarlo. No todo es blanco o negro, yo tengo mis raíces peronistas, la idea de que el pueblo trabajador tenga lo que se merece está en mí desde que nací, pero no lo confundo con la política, que es sucia, esconde, no dice la verdad. Estoy de acuerdo con muchas medidas de este gobierno, como la descentralización del poder de los medios. Desde luego, avalo lo hecho en materia de derechos humanos. Me gusta que haya decisión clara de ayudar a los que menos tienen, y en eso priorizo la educación así como la salud, con hospitales bien abastecidos. Tenemos que empezar a pensar en mañana, debemos construir a partir del dolor de lo aprendido para poder superarnos.
–¿Qué recuerda de su ingreso en el Conservatorio?
–Tenía 18 años, y había terminado la secundaria. Quería ser médico pediatra, pero ya en el 80 esa determinación fue reemplazada por el deseo ferviente de la actuación. Guardo los más hermosos recuerdos. Pasé cuatro años de mi vida conmovedores, llenos de pasión y de lucha. Fui el primer presidente del Centro de Estudiantes después de la dictadura, y también sin ningún ideal político, aunque me haya presentado en una lista por el radicalismo, ya que en ese momento Raúl Alfonsín era como agua en el desierto. Yo no era de Franja Morada, y trabajé desde una lista que se llamaba Unidad: quería que los alumnos entendieran que teníamos derechos y que podíamos hacerlos valer. Veníamos de años sin democracia, donde todo era regido porque sí, y se acabó. El autoritarismo es dantesco, se parece demasiado a la locura. Sigo pensando que sólo hablando se entiende la gente. Es lo que sucede con Freud: una conversación entre dos mentes brillantes, pero también entre dos seres humanos, y sin embargo están hablando de cosas de las que Freud dice: “Hay una locura peor, no hablar de ello, aún cuando afuera se esté destruyendo todo”. Tenemos la posibilidad de acercarnos o alejarnos, pero siempre como seres humanos, a través del diálogo.
–Este no fue su primer trabajo con Daniel Veronese.
–Estuve tres años con él en El método Grönholm, en Gorda durante dos años e hice un reemplazo en Casa de muñecas, en una versión suya que se llama El desarrollo de la generación venidera, en Europa. Me fui un mes y medio, y aproveché para llevar a toda la familia. Estuvimos en París, Palma de Mallorca y Barcelona, y por supuesto confirmé que Veronese es un gran maestro.
–Entiendo que en esta pieza, con dos grandes actores en pugna, la dirección es fundamental.
–La decisión de que los cuerpos estén atravesados por las palabras, por la pasión, por la entrega, por la muerte, por la enfermedad, por el convencimiento, es muy interesante. Lo cierto es que cada noche el público se pone de pie para agasajar esta entrega que hacemos, y lo hace porque está conmovido.
–¿En qué se encarna lo sagrado en usted?
–En poder hacer el bien, y esto es lo que me sacude de esta obra. Sé que el público se siente tocado, porque algo de lo que se habla ahí está expresándolos, entre otras cosas, la muerte, que siempre aparece y hace estragos, aun en las mentes geniales, aun en quienes como Freud, han provocado un antes y un después en el pensamiento, al expresar que estamos dominados por el inconsciente, que nuestros deseos más profundos no se pueden satisfacer, ni siquiera identificar. El sexo es el apetito más poderoso del ser. Claro, cuando tenía 30 o 40 años era tratado como un loco, hasta entender que hablaba del sexo como motor de la vitalidad de la existencia.
–Es un tipo apasionado.
–Sí, y lo pago carísimo. El costo es que la gente sin pasiones tan hondas ni temperamento tan encendido vive más tranquila. Yo necesito justicia. No hablo de lo social, porque sería imposible vivir frente a la pobreza. Me refiero a los ámbitos en los que uno se desenvuelve. Que a mí me traigan un sándwich porque soy actor y al otro no porque hace otra cosa me desencaja, puedo llegar a amargarme mucho y a reaccionar muy mal.
–Viene de hacer un gran trabajo en El elegido, el chupamedias del moñito.
–Me divirtió mucho hacerlo, y con compañeros tan encantadores. Es muy desgastante una tira, no como actor, sino porque hay que tener la disponibilidad absoluta que requieren esas 10 horas de grabación. Está buenísimo y es nuestro trabajo, pero con este personaje no puedo llegar sobre la hora a la función, me tengo que instalar, trabajar la voz. De todos modos, este año me tomo una tregua con todo, hasta que termine Freud. Es un rol que me demanda mucha energía, mucha pasión.
–¿Se siente famoso?
–Para nada.
–Este trabajo va a ser consagratorio.
–Lo es. Me siento muy honrado, porque soy un actor que mantiene un perfil sereno y soy bien observado por el periodismo especializado. He recibido premios muy importantes, desde joven. Hice Mein Kampf en 2000, que fue un antes y un después en mi carrera, con Alejandro Urdapilleta y Cecilia Rosetto. Llenábamos 1.075 localidades todos los días en el San Martín. Fueron 10 años, y grandes satisfacciones. Fui muy feliz con Rápido y nocturno, en el 98, con Ulises Dumont, en una belleza de estación de tren que había recreado Graciela Galán. Y con Novecento, hace dos años. Son hitos en la carrera, aparte de todas las cosas hermosas que uno hace porque tiene que trabajar o porque se dan las circunstancias. Como con El método Grönholm, que se dio justo cuando en las empresas surgió la tercerización y aún no se sabía que se espiaba a los empleados para ver cómo reaccionaban frente a ciertos estímulos. No fue casual que estuviera tres años en cartel con gran éxito, y luego recorriera todo el país. Yo me siento muy querido y respetado por mis pares, sé que tengo un perfil bajo y no es casualidad, sé lo que hago y está bien así. Desde que salí del Conservatorio, sabía que estaba eligiendo el camino más largo, y que el teatro no es un chiste, es un juego pero no un chiste. Y el camino de ser honrado con estos personajes lleva mucho tiempo, muchas pruebas, muchos obstáculos.
–¿Hay miedos que le exigen un combate cuerpo a cuerpo?
–Sí. La enfermedad y a veces una extrema vulnerabilidad. En trabajos como este me expongo mucho. Visto desde un punto de vista inteligente y serio, la exposición es muy buena, sobre todo para quienes se dedican a lo artístico. Pero hay días en que me lleva un rato largo reponerme del dolor. Yo no actúo el dolor, apelo a recursos personales, a cosas de las que estamos formados. Somos carne, recuerdos, piel, memoria, y tenemos ahí el personaje, para ponerle lo mejor de uno. Hay días en que la sensación de la exposición es bella, casi incomparable. Pero tiene un límite. Y a veces ese límite genera un vértigo que no es agradable, que incomoda.
–Por supuesto, se psicoanaliza.
–Vengo de ahí, fresquito. El psicoanálisis es una larga conversación con uno mismo que mantengo desde mis 19 años, y que me ayudó a ser mejor, sin lugar a dudas, a practicar la tolerancia, a no tener miedo a mi fragilidad. Desde que nací, sé que voy a morir, tengo claro que acá estamos por un rato, y eso es un peso muy grande porque aplica una inyección de realidad con la que a veces no es fácil convivir. Pero que también ayuda a construir, a saber que la vida es ahora. Ese es el regalo: animate, es ahora.

 

Por Cristina Zuker

 

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