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un cacho de cultura

la escritura de regreso

Gustavo Caso Rosendi combatió en Malvinas siendo un chico. Y de Malvinas volvió hecho un poeta. Años después, lo reconoce: la poesía le salvó la vida.

 

 

Cuando la palabra se contagia de lo esencial de la experiencia, nace el poema. “Para escribir un solo verso hay que agotar la vida”, exagera no sin belleza Maurice Blanchot. Y el poeta y ex combatiente de Malvinas Gustavo Caso Rosendi (Esquel, 1962) hace eco de esta desmesura: cada pieza de su libro Soldados confirma que la guerra se ha tragado la vida entera en un segundo para alcanzar, según señala Blanchot, “lo esencial en pocos rasgos”.
Caso Rosendi memoriza y dice, como si en cada reedición de su voz se apuntara tibiamente, una vez más, aquel primer poema: “No sé por qué diablos/ estoy escribiendo/ con esta sangre tan ajena/ y tan estrepitosamente mía”. Y asegura que así salió, sin concesiones ni trabas. “Y llegaron los demás; yo los acomodaba y les daba un nombre. En verdad, nunca me propuse escribir Soldados. Surgió recién en 2003. Coincidentemente después de haberme analizado. Atravesaba un momento, en lo personal, muy difícil. Fui a una terapeuta y trabajé duro repasando mi vida. Me liberé, me quedé más tranquilo y ahí comenzó a crearse el libro, solo. Cada poema salió con naturalidad, sin forzar, como si ya todo estuviera hecho.”
La escritura había llegado mucho antes. En la infancia, como es natural. Y luego, en un momento clave de su juventud, hubo un poema de amor –el único entre combate y combate– que ya no existe. A su regreso de Malvinas, a los 19 años, Caso Rosendi se añoró poeta. Necesitaba denunciar ante sí mismo el dolor y la rabia. “Aunque lo último que quería era escribir sobre Malvinas –confiesa–. Quería ser poeta, a secas. Ser ex combatiente era para mí un accidente.” Tras un emergente y decisivo paso por talleres literarios en la ciudad de La Plata –donde continúa viviendo junto a su mujer y sus dos hijos–, nacieron los primeros libros. “Recién en el segundo, Bufón fúnebre (1995), hay un poema sobre Malvinas, tema que siempre intenté evitar. Sin embargo, a la distancia, noto esa carga, toda esa carga que estaba en mí y como resultado en los poemas. De alguna manera, aunque ese peso no estuviera explícito, siempre se transparentaba. Y admito hoy que la poesía es la razón de mi vida. Me ayudó a no cometer locuras. Me salvó.”
Como a sus tres maestros. Tres voces diferentes que guiaron. Tres poetas asediados por el encierro, el fusil y el estruendo que laceraron la Europa de aquella primera mitad del siglo XX: el francés Guillaume Apollinaire, el italiano Giuseppe Ungaretti y el griego Yannis Ritsos. “El libro se llama Soldados por el poema de Ungaretti, cuya traducción literal es Militares. Aunque Rodolfo Alonso, en aquella edición de Fabril, lo tradujo como Soldados. Y a mí me pareció atinado.”
La cita de Ungaretti asoma con la delicadeza propia de su escritura (“Se está como/ en otoño/ las hojas/ en los árboles”), articulándose en perfecta armonía con el segundo poema del libro de Caso Rosendi: “Yo los saludo/ soldados que salen/ marchando de mí mismo/ entre temblores de frío y de resaca/ Hojas perennes en la rama/ Florcitas de ceibo incendiadas con la tarde”.
También Apollinaire deja su huella apenas comenzado el libro: “Las casas flamean porque partiremos/ para no volver jamás”. “Es un poeta que me encanta, por ese clima festivo que tienen sus versos, porque en la guerra también pasaba.” Caso Rosendi va tras los pasos del autor francés y matiza algunos textos con humor terroso y húmedo, bajo la escurridiza luz de los fogonazos. Por ejemplo “Costumbre”: “Justo cuando los dragones/ vomitaron desde el cielo/ yo orinaba hacia el frente/ mientras contemplaba la luna/ Despreocupadamente feliz/ troté hacia la trinchera/ El casco bailaba/ un fox-trot sobre mi cabeza”.
“Pero mi poesía es más ungarettiana –se defiende y define–, por esa tendencia a la brevedad, a la síntesis, aunque la lírica se acerca a la de Ritsos. Y si bien no puse una cita suya en el libro, me doy cuenta de que él fue mi apoyo fundamental. Esto lo noté después. Es más, en algunos versos, a veces, me parece como si lo hubiera copiado. Por supuesto que no fue así.”
La poesía, en un contrapunto de imanes, genera una conversación infinita y desquiciada entre versos y poetas de todos los tiempos. Unos beben de otros, se traspasan y trasvasan, se anidan y se anudan. Pero al final se liberan. Así se escuchan palpitar, bajo los versos de Caso Rosendi, los pasos dolientes de Ritsos, en la traducción de Horacio Castillo: “Sus manos están pegadas al fusil,/ el fusil prolonga sus manos,/ sus manos prolongan sus almas,/ tienen los labios llenos de rabia/ y el dolor en lo más hondo de sus ojos/ como una estrella en un pozo de sal”.
Un refugio de voces. En 2009, el Ministerio de Educación de la Nación se ocupó de sacar Soldados a la luz e incluirlo en el Programa de Educación y Memoria. A partir de entonces, echaron a andar aquellas voces excluidas, destinadas a dignificarse en la polifonía de unos versos heridos: “Ese soldado nunca supo de qué/ mordisqueada manzana se había/ asomado como gusano al mundo”. No hay poema, en esta obra, que se iguale al siguiente, no hay poema que no cale y desnude, que no corte, en el abismo inquieto del instante, el aire y la respiración. “Tenía razón Oscar Wilde”, reza el título y dice: “En el fragor del combate/ no pude acertar al enemigo/ Pero terminé con la alegría/ pero acabé con la inocencia/ pero malherí a la esperanza” / Uno siempre termina matando/ lo que más ama.” El final parafrasea los inolvidables versos de “La balada de la cárcel de Reading”, que el autor irlandés escribió durante su injusto encierro.
Es que hay que hablar en nombre de los náufragos, dice Jorge Semprún, “hablar en su nombre, en su silencio, para devolverles la palabra”. Y Caso Rosendi hace “caso” y ubica a “sus soldados” y alumbra sus voces en el mudo reparo de una página: “Era terriblemente bello/ mirar en pleno bombardeo/ la suavidad con que caían/ los copos de la nieve”. Y despliega los verdes y los humos, los negros y las nieblas, aquellos olores y tonos que unifican y envuelven al tiempo en una noche eterna. Hasta que llega el momento de regresar a la luz, cuando las palabras se adueñan de las sombras. Y así, tan acertadamente supo el poeta platense cerrar, en Soldados, un final imposible: “Somos los que aún permanecemos/ en cuclillas los que todavía tenemos/ las pupilas como esquirlas candentes/ los que a veces nos seguimos/ arrastrando por la noche/ los que todavía soñamos/ con regresar algún día”.

 

Por María Malusardi

 

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