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Felipe Pigna

Director

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

María Seoane

Asesora Periodística y Editorial

 

Las bravuconadas de los histéricos neorrealistas españoles –no confundir con los geniales neorrealistas italianos de las décadas del 40 y 50– han sido muy bien recibidas por la “gran prensa” argentina y sus multimedios, horrorizada por la recuperación del control nacional sobre la emblemática y saqueada YPF. Más allá de toda lógica que priorizaría el interés nacional por sobre el extranjero, no podemos hablar de asombro sino de conformación de una línea establecida en la que se intenta por todos los medios boicotear al país como torpe y antinatural método de desestabilizar a un gobierno que afecta sus intereses. Ningún argentino de bien debería permanecer indiferente ante los ataques verbales hacia la Argentina por parte de las autoridades españolas, dignas herederas del dictador Franco, las que hambrean a su pueblo y no ponen la misma energía ni el mismo arsenal de insultos para atacar a los responsables de la crisis porque sería insultarse a sí mismos.
El señor Rajoy y sus cómplices están llevando a España al precipicio y se vanaglorian cada viernes de anunciar un nuevo recorte para arruinarles el fin de semana y la vida a millones de españoles que están volviendo a manifestarse masivamente contra ese modelo salvaje. Coherente con los “principios” de su partido, no tan neo, franquista, se opone a la memoria, ataca al juez Garzón y se niega a la apertura de las fosas comunes heredadas de la Guerra Civil y a la identificación de los cuerpos de las víctimas que su bando, el de los vencedores de aquella tremenda guerra, dejó. Hay una coherencia destacable en esta derecha fascistoide reciclada al neoliberalismo que siempre ha sido muy generoso para apañar a lo peor de la historia comenzando por Pinochet y Videla en quienes no encontraron máculas ni inconvenientes para otorgarles sus consejos y hacer excelentes negocios manchados de sangre.
Mario Vargas Llosa, gran escritor y premio Nobel devenido defensor de todas las causas de la derecha liberal, también está preocupado por nosotros por el error que está cometiendo el país que supo ser de Sarmiento y pone, pobre hombre, todas sus esperanzas en la solitaria voz disidente de Mauricio Macri, el padre de Antonia.
Cierta prensa corporativa española que supo ser progresista hace algunos años, pero que nunca dejó de mirarnos con ese aire de superioridad, se ha desatado y asegura sin avergonzarse que lo que para nosotros es una decisión soberana y legítima tomada por un Estado independiente desde 1816, es para ellos un intento desesperado frente al “fracaso económico argentino” sin dar ningún detalle que avale tal afirmación que contraría incluso los datos del “confiable” Banco Mundial. Nos dicen esto los que han llevado a su país al más alto nivel de desocupación de las últimas décadas, a los recortes salvajes a las pensiones, al presupuesto de salud y educación, escenario que los dueños y escribas de los diarios hegemónicos quisieran ver instalados en nuestro país.
La recuperación de la soberanía sobre nuestros recursos petroleros es un gran paso hacia la posibilidad de planificar nuestro futuro industrial, nuestro progreso y salir del corsé que nos ponía una empresa extranjera que basaba su negocio en pisar los pozos petroleros para apreciar sus acciones bursátiles y se desentendía de la exploración y explotación de petróleo centrándose en lo financiero y no en lo productivo. El Estado argentino tiene una enorme oportunidad de demostrar que una gran empresa estatal puede ser eficiente y transparente y defender desde allí, el mejor lugar, la idea de la presencia necesaria del Estado en los sectores clave de la economía frente a los “partidarios de sí mismos”, como los llamaba el genial Manuel Belgrano.


 

Abril no siempre es el mes más cruel: a veces, nacen lilas de las hojas muertas. A veces, este otoño parece una primavera. A veces, un verano ardiente. Porque la nacionalización de YPF el 16 y el acto del 27 en el estadio de Vélez para festejar los nueve años de la llegada al poder del presidente Néstor Kirchner marcan un salto enorme en la transformación democrática de los argentinos. Se reescribe la historia con el tono épico de los grandes momentos. El discurso de Cristina Kirchner frente a una multitud de movimientos políticos pletóricos de jóvenes describe el regreso de la política como eje rector de las transformaciones sociales y del Estado como actor principal de la reconstrucción del país luego de la devastación neoliberal que duró tres décadas –de matanzas, guerras y saqueos– y estalló en 2001. Desde el 22 por ciento de los votos obtenidos por Kirchner en el lejano 2003 –cuando Menem huyó del ballottage– hasta el 54 por ciento de la reelección de Cristina Kirchner en 2011 hubo una sistemática reparación de derechos conculcados y promoción de nuevos derechos para los millones que habitamos esta tierra. No los enumeraremos. Se saben. Lo saben los jubilados, los jóvenes, los niños, los trabajadores, las mujeres, diversos en el sexo, las amas de casa, los pequeños y medianos empresarios, los pueblos originarios, los latinoamericanos y los poderosos de la tierra que fruncen su ceño. También lo saben los periodistas, enfrentados como nunca al dilema ético de servir a la profesión o a las corporaciones. Pero Cristina dijo mucho más: la Argentina sólo es posible si este modelo de inclusión, con la política mandando sobre el Estado recuperado, se profundiza. Dijo que lo mejor que había hecho era la incorporación de los jóvenes a la política. Recordé la frase que Silvia Bleichmar escribió un día –a propósito de la muerte del querido intelectual Oscar Landi– y parafraseando a Goethe: “Pertenecemos a una generación (la del 70) que tardará mucho en volver”. Cristina dijo, entonces, que esa generación comenzó a volver. No por sus atajos de violencia. No por sus desvelos de intolerancia. Sino por su pasión y voluntad inquebrantable de construir un país mejor. En paz, con alegría, con unidad y organización. Muchos no lo admitirán nunca, pero el kirchnerismo, esa minoría política intensa forjada en la adversidad desde el 22 por ciento, la pelea con el FMI, con las patronales agrarias, con las corporaciones mediáticas, con las corporaciones transnacionales, aparece así como la etapa superior de un peronismo tironeado por el PJ y los sindicatos, en un juego de pinzas territorial y corporativo. Cristina Kirchner es ahora su superación. Su liderazgo no es un azar, es una necesidad de la historia argentina luego de más de cuatro décadas. Necesidad –en el sentido filosófico– entendida como lo que debe ser, lo que no puede ser de otra manera para que algo tenga existencia posible. Así, en esta reflexión al pie de abril de 2012, recordé también un diálogo susurrado con León Gieco en el auditorio de Radio Nacional Córdoba a fines de 2011, cuando asistíamos a una teleconferencia y la Presidenta dialogaba con empleados de un polo científico. Ante el comentario de lo emocionado que es el vínculo de Cristina con la gente, León susurró: “Sí, pero cuánto tardó en aparecer”. Es verdad, pero ese tiempo llegó.

 

 

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