En la VI Cumbre de las Américas, el reclamo por Cuba volvió a ocupar el centro de la escena. América del Sur ha crecido y su voz política se hizo escuchar en Cartagena, sede del encuentro continental que no produjo documento final.
De la VI Cumbre de las Américas no queda nada. Nada sustancial en lo político, al menos. No hubo declaración conjunta final porque fracasó el consenso sobre la amenaza más inminente para el continente: el narcotráfico internacional y la necesidad de girar hacia la tendencia a la descriminalización. Tan sólo una promesa de estudiarlo desde la Organización de Estados Americanos (OEA) pero con el ya anticipado desplante estadounidense de que su postura seguirá siendo contraria.
Tampoco se alcanzó un posicionamiento unificado en cuestiones como el regreso de Cuba al foro y el respaldo continental a la soberanía argentina sobre Malvinas. Gracias que quedó una foto de familia para enmarcar en el Palacio de San Carlos, y aun así con faltazos.
No obstante, Juan Manuel Santos, el mandatario anfitrión en Cartagena de Indias, ensayó su pragmática sonrisa para comunicar a las Américas que el balance era loable porque, más allá de las discrepancias, hubo debate. Pero ¿hasta qué punto esto no expresa un camino de no retorno entre la tradicional actitud de un Norte ensimismado en sus preconcepciones de lo que América debe ser y una Latinoamérica poco dispuesta a ceder la autonomía conquistada en los últimos años y negociar su utopía de lo que el continente podría ser?
“Si una conferencia multilateral resulta exitosa por sólo hablar, todas ellas lo son por definición. A excepción de la guerra contra las drogas, el ‘diálogo franco’ sobre los demás temas álgidos de la Cumbre –Cuba y Malvinas– ha tenido lugar en escenarios anteriores. Y, si hubo diálogo, fue de sordos. A Cartagena cada uno fue a plantar su bandera”, escribió la politóloga Laura Gil en su columna quincenal del diario El Tiempo y se granjeó todo tipo de epítetos. La verdad, para algunos, resulta incómoda.
FRACTURAS
“Te olvidaste de Malvinas.” La llamada de atención fue disimulada y escueta pero bastó para transmitir la molestia de la jefa de Estado argentina, Cristina Fernández de Kirchner, al oído de su par colombiano cuando culminó su discurso inaugural sin mención alguna al archipiélago. El propio Santos lo narró, aunque restando importancia al disgusto. Lo concreto es que el reconocimiento a la soberanía argentina nunca tuvo oportunidad de alcanzar consenso porque ni Canadá –una monarquía parlamentaria que aún hoy reconoce a la reina Isabel II como su máxima cabeza de Estado– ni Estados Unidos, que pese a su proclamada “neutralidad” prioriza, como en el pasado, su alianza con Londres, estaban dispuestos a suscribirla.
Tampoco el llamado a Cuba a regresar a su lugar en el concierto americano cuando su suspensión del seno de la OEA ya fue revocada en junio de 2009 y sólo la Casa Blanca la bloquea. No importa que Santos haya insinuado “anacronismos” y “terquedad ideológica” o que el ecuatoriano Rafael Correa y el nicaragüense Daniel Ortega se ausentaran en Colombia en repudio a la política de puertas cerradas. Barack Obama parece poco dispuesto a jugarse el apoyo cubano americano en su reelección de noviembre próximo si ni siquiera América latina, frente a la emergencia económica, fue prioridad en sus cuatro años.
“Si Obama gana, se abriría un espacio mayor para hacer frente a las políticas controvertidas. La pregunta es si él haría uso de esta posibilidad”, expresó desde Washington Joy Olson, directora ejecutiva de la Oficina para Asuntos Latinoamericanos (Wola, por sus siglas en inglés), en diálogo con Caras y Caretas. Y añadió: “América latina siempre va a ser importante para EE.UU. por la proximidad, el comercio y los vínculos familiares. Ciertamente se podría hacer mucho más para demostrar que la región es una prioridad”.
La primera Cumbre de las Américas tuvo lugar en 1994 en Miami, todo un símbolo de lo que se proponía el que entonces era su mayor auspiciante, EE.UU., pujando por un bazar sin fronteras. Entonces, la llamada Área de Libre Comercio de las Américas (Alca) no sólo era el mercado soñado por Washington sino que contaba con el beneplácito de varios mandatarios que adherían al neoliberalismo como filosofía gubernamental.
“Nuestro progreso económico continuo depende de políticas económicas sólidas, del desarrollo sostenible y de un sector privado dinámico. Una clave para la prosperidad es el comercio sin barreras, sin subsidios, sin prácticas desleales y con un creciente flujo de inversiones productivas. La eliminación de los obstáculos para el acceso al mercado de los bienes y servicios entre nuestros países promoverá nuestro crecimiento económico”, se leía en la declaración final del encuentro inaugural en la que se fijaba el año 2005 como plazo para la conclusión del proceso.
En las reuniones de Santiago 1998 y Quebec 2001, las prioridades fueron similares y los avances en la negociación del Alca ocuparon un lugar primordial en los textos finales. Pero el punto de quiebre fue Mar del Plata 2005. Entonces, un George W. Bush exultante aterrizó en una playa amurallada a sus anhelos. En Latinoamérica se acunaba el cambio de época que llevaría a la región a ganar un protagonismo cada vez mayor de la mano de un giro político a la tendencia ideológica de los 90, institucionalizada en el lustro siguiente en nuevas formas de integración para actuar como bloque frente a la agenda del Norte.
Para Buenos Aires, las prioridades son claras. “Mercosur, Unasur y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), en ese orden”, aseveró a esta revista el presidente de la comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados de la Nación, Guillermo Carmona, miembro de la delegación oficial en Cartagena. “La Cumbre de las Américas, de todos modos, es una enorme oportunidad de mostrar fortalezas y quebrar la resistencia de EE.UU. y Canadá en temas sensibles para Latinoamérica y el Caribe. De hecho, que no haya habido declaración final es un ejemplo del poder de estas regiones porque antes los documentos llegaban redactados desde Washington. Hoy somos nosotros los que decimos que no hay lugar para firmar nada si no se toma en cuenta lo que planteamos”, concluye el legislador del FPV.
Desde Medellín, el decano de la Escuela de Ciencias y Humanidades de la Universidad Eafit, Jorge Giraldo Ramírez, relativizó la fractura del consenso como gesto de fuerza. “Que haya una declaración consensuada aunque ‘lavada’ o una ausencia de documento por la posibilidad real de debate no son alternativas excluyentes. Se trata de distinguir niveles. Las Américas son muy heterogéneas como para pensar que la agenda y los enfoques coincidan ampliamente. Si cada espacio, digamos el Alba o Centroamérica, fortalece sus acuerdos y abandona la idea de que su agenda debe ser la de todos, será más factible desarrollar una diplomacia múltiple, variada y más eficiente en el continente”, sostuvo ante esta revista el académico que formó parte del foro de la sociedad civil en la cumbre. “Una dinámica parecida puede ocurrir con lo temático: hace veinte años, era el libre comercio. Hoy hay urgencias en lo energético y la seguridad ciudadana”, completó.
Mientras que para Luis Vargas-Alzate, del departamento de Negocios Internacionales de la misma casa de estudios, el aspecto más destacable de la última cumbre fue la inédita reunión de empresarios continentales o el equivalente al 32 por ciento del PBI mundial, capaz de plantar una oposición a la seducción asiática. “En Cartagena se presentó un fenómeno novedoso al congregar a más de setecientos empresarios, más de mil líderes y actores sociales y una veintena de presidentes o jefes de gobierno discutiendo los temas sociales y el vínculo con los aspectos económicos que hoy son una muy buena muestra de la estabilidad regional. El verdadero éxito de la cumbre debe medirse desde ahí y no desde la convergencia entre gobiernos. Para la diplomacia es más importante que haya consensos pero, para la realidad, es preciso que predomine el debate”, recalcó ante Caras y Caretas. Posturas encontradas en las grietas de una cumbre que no une a América. Amenaza con fracturarla.
Por Mariano Beldyk