A punto de volver al teatro con la comedia El hijo de puta del sombrero, Pablo Echarri repasa su pasado, presente y futuro, confiesa que el psicoanálisis es su “gran aliado” y que creció cuando asumió que es imposible que todos lo quieran.
Especialista en seducción desde que empezó a pisar baldosas, ahora que las nieves del tiempo platearon su sien está dispuesto a ir por más. Hoy admite que siempre buscó inconscientemente ser patrón y dueño de su propio espectáculo y no cabe duda de que lo está logrando. A punto de volver al teatro con la comedia El hijo de puta del sombrero –a mediados de este mes, junto a Florencia Peña–, Pablo Echarri se entrega a esta conversación con la sencillez y honestidad que suelen ser patrimonio de los grandes, en el sereno ámbito del patio de la librería Eterna Cadencia.
–Nació un 21 de septiembre, tiempo de siembra en este lado del mundo.
–Es cuando todos dejan de guarecerse para poner la cara al sol. Creo en las energías que se manifiestan con el nacimiento y después influyen en la vida, en este caso con un gran empuje psicológico y emocional. Como si no pudiera darme el gusto de entristecerme: hay una fuerza que no deja de tirarme hacia adelante.
–¿No es melancólico?
–Tengo también mi aspecto gris. Soy porteño y con un padre que admiraba el tango. En sus años mozos había sido presentador de la orquesta de Ricardo Tanturi y cuando conoció a mi vieja largó todo. Pero estaba esa melancolía, más allá de las maravillas de las letras de tango, que al ser tan fanático me trasmitió. Siempre está esa cosa de querer diferenciarse de los padres y cuando me señalaba “escuchá este tango, cabezón”, yo le decía que prefería el rock and roll sólo para llevarle la contra. El tiempo y la distancia que ahora tengo con él hacen que las cosas se vayan replanteando y empiezo a valorar y disfrutar esas enseñanzas: la música que se escuchaba en casa, esa pasión por lo autóctono y sobre todo por Buenos Aires. Pero creo tener una fuerza de empuje mayor y que la alegría le gana a la melancolía. Esta actitud me permitió avanzar en el trayecto que decidí caminar y también en lo personal, donde pude construir una familia muy hermosa.
–¿Ahora que Nancy (Dupláa) volvió a la TV le toca oficiar de papá más dedicado?
–Eso nunca se abandona. Pero no soy un papá full time. Con la experiencia de El elegido con un grupo de amigos abrimos la posibilidad de seguir por la senda de la producción y estoy mucho más ocupado que antes. Estar metido en un mecanismo de construcción constante hace que mi vida como trabajador haya cambiado. No estoy todo el tiempo en casa, pero me doy el lujo de llevar a Morena al colegio y también de jugar más con Julián. Lucas, el hijo de Nancy y como mi tercer hijo, se levanta muy temprano para ir a la ORT y lo lleva la mamá cuando puede. En fin, una maravilla de familia ensamblada, que nos trae grandes satisfacciones.
–Julián tardó en llegar.
–Recién había venido Morena y eran años de juventud que queríamos disfrutar un poco más, sin la necesidad de salir de un bebé y meterse en otro. Estas cuestiones se dan y Dios dispone cuándo llegan y cuándo no. Exige un ritmo que, después de siete años de la llegada de Morena, uno va olvidando un poco y es diferente porque tener un hijo a los 42 no es lo mismo que a los 35: cuando Morena era chiquita estaba más confuso, más disperso. Pero hay cosas que logré en ese trayecto y me relajaron mucho, como hacer mi primer programa, abrir una oficina y tener buenas perspectivas de trabajo.
–¿Cuándo apareció el actor?
–Cuando aún me resultaba difícil saber qué quería hacer de mi vida. Me había equivocado en la elección: estudiaba industrial y quería ser maestro mayor de obra, pero estaba muy lejos de mis talentos naturales. Dejé y me puse a trabajar, algo común por mi barrio. Mi viejo me consiguió el primer laburo en una imprenta, cerca de su puesto de diarios, allá en Crucecita. Ahí me tocó barrer. No podía hacer otra cosa. Después terminé saliendo a vender, hasta empezar en una tienda donde me descubrí como un muy buen vendedor. No tenía problemas si se iban sin comprar, porque sabía que si les gustaba la atención, se generaba una confianza que hacía que volvieran. También teníamos las visitas de las chicas, que hemos disfrutado.
–¿Era enamoradizo?
–Tal vez un poco, no al extremo. Consideraba que por mi juventud el grado de compromiso con alguna noviecita no me impedía ser un poco picaflor, cosa bastante común en el género masculino. He sido un tipo de mucha suerte con las mujeres y disfruté mucho de esa aceptación. Entonces la vagancia de esos años me parecía un hecho inherente a la adolescencia, más que a un desorden. Fue un momento inolvidable de mi vida porque me forjó y esa experiencia me dio cierto espesor para encarar lo que vendría después.
–El ejercicio de la seducción.
–Tenía que ver con eso, porque cuando empecé a visitar los canales sentía que era una extensión de lo que hacía y recurría a mi amabilidad natural. Para entonces ya había adquirido la técnica actoral porque hacía tres años que estudiaba con Lito Cruz. Empecé a los 19. Lo consulté con un gran amigo actor, que ya no está, y me dijo “es Lito”. No lo dudé, y descubrí algo mágico y nunca experimentado, ese juego de aprender y dar los primeros pasos sobre un escenario y la sensación inequívoca de estar en mi lugar. Fueron años muy intensos, dedicados a crecer, adquirir técnicas, hacer grupos de teatro. Y Lito me habló de mi potencial: “Lo que veo es una gran roca sin ningún tipo de forma”, e hizo hincapié en un fuego interno al que no debía perderle pisada. Fue muy importante, porque confirmaba que no me había equivocado. Había un grupito que se destacaba y Lito, en su generosidad eterna, abría el juego, nos fogueaba y a los que consideraba con posibilidades, nos mandaba al frente. Y de verdad caminé muy poco los canales. Soy un tipo muy afortunado.
–¿Sus padres lo incentivaron?
–No se negaron, porque para incentivarme tendrían que haber sabido un poco más de qué se trataba el teatro. Pero había en ellos una enorme confianza.
–Él fue un baluarte en su vida. A partir de su pérdida, ¿se siente vulnerable?
–Sentí una gran fortaleza cuando murió. Fueron tres meses de agonía, pero más allá de la tristeza me dio una clase magistral de qué hay que hacer cuando la suerte está echada. Siempre fue un referente porque sin bajar una línea estricta solía señalarme caminos y actitudes a tomar, pese a que en la adolescencia se imponía mi rebeldía.
–¿De su mano empezó a ser una suerte de superhéroe?
–Él fue un poco superhéroe. En el barrio, era el primero en despertarse, llegaba a las 4 de la mañana a su kiosco en Suárez y Gutiérrez, en Crucecita. Siempre estaba al servicio de quien lo necesitara, a costa de meterse en problemas, pero no lo podía evitar. Muchas veces se encontró con embarazadas a punto de parir, con suicidas o familiares peleándose en la calle. Mi viejo fue un tipo muy querido. Cuando sucedió el secuestro, el barrio entero se sublevó pidiendo que apareciera.
–Y ustedes se pusieron al rescate.
–Fue un drama de los que te forjan en la vida, que te instalan dolor pero también aprendizaje. En ese momento no hice más que tomar la posta natural de lo que me había enseñado. Una vez hubo un incendio en la esquina y salió corriendo. Aún lo veo metiéndose en la casa y a los bomberos reprendiéndolo, pero no pudieron sacarlo. Años después, al lado del local donde yo trabajaba, se inició otro incendio, y recuerdo mi desesperación, porque se iba a quemar el local. Empecé a buscar, y era un papel encendido en un tacho de basura. Lo apagué y fue una forma de ayudar. En su secuestro se desplegó todo ese espíritu servicial. Pero más allá de un hecho heroico, había un hijo defendiendo a su amado padre, sin ningún tipo de especulación.
–Nadie lo pensó de esa manera. El público tiene una fuerte relación afectiva con usted.
–Mi relación con el público fue otra desde ese momento.
–¿Piensa que fue determinante en el rating que alcanzó Resistiré?
–Fue inmediatamente posterior. Antes la gente sentía un cariño diferente y se hizo explícito porque se sintieron identificados. Era un momento tan difícil de la Argentina, donde había tanto miedo: si me pasaba a mí, le podía ocurrir a cualquiera.
–En dictadura la vida no valía nada.
–Era muy chico, pero fue un coletazo. El secuestro de mi padre fue un aprendizaje forzoso de lo que habían sido esos años. Empecé a preocuparme cuando lo viví en carne propia. Lo que uno sufre cuando es despojado de un ser querido y no tiene idea de dónde está es un dolor indescriptible, sobre todo cuando esa situación es generada por gente que te debe cuidar: se comprobó que fue una banda mixta y eso provoca una desolación más profunda.
–En el tintero de los sueños, ¿también está dirigir?
–Quiero dirigir cine. Tengo varias ideas en la cabeza que se desarrollarán cuando adquiera espesor como productor. De lo que estoy seguro es de abrir todas las opciones que propone este oficio: actuar, producir, dirigir cine, TV, porque son mis medios naturales. Ahora estoy ensayando con Javier Daulte y veo cómo va creando el espacio y guiando nuestra energía para esa magia, pero aún estoy lejos de poder dirigir teatro.
–¿Se ve fuera de la pantalla?
–Para dirigir hay que estar detrás de la cámara. De hecho, hacerme sólido como productor tiene que ver con poder sacar la cara de la pantalla. No porque no quiera actuar más, sino porque deseo disponer cuándo y qué hacer.
–Está muy ligado al kirchnerismo.
–Soy coherente con lo que se manifiesta ante mis ojos de forma indiscutible: adhiero porque veo deseos concretos de inclusión, de crecimiento a largo plazo, por mi experiencia personal en la Sociedad Argentina de Gestión de Actores e Intérpretes, donde mi inserción en la política tiene que ver con lo social. Más allá del entramado político, que podemos discutir, hay la intención de hacer el bien, de resarcir y construir un país mejor, que será de nuestros hijos. Mi carrera artística es un pedacito. Importa, pero es vital la calidad institucional del suelo que todos pisamos. El manifestarse políticamente genera seguidores y detractores. Pero uno de los puntos a resolver en mi vida tenía que ver con la necesidad de ser querido.
–¿Mucho psicoanálisis?
–Doce años. Es mi gran aliado. Me sirve para ser feliz, libre y sacar esa mochila de mis espaldas. Hay algo intrínseco en la personalidad, el narcisismo, un valor común a mi profesión y hasta necesario para la actuación. Yo tenía un gran deseo de aceptación, que me trajo dolores muy profundos al esforzarme por demás para que todos me quisieran. Y hubo momentos de enorme vacío, ya que era imposible, por más fuerza que pusiera. El hecho de expresarme tan deliberadamente a nivel político iba en línea con que ya no me importaba gustarles a todos, sino que me conformaba con los que sabía que serían férreos seguidores, mientras otros se iban a desprender. A veces se desprenden sutilmente, pero otras son crueles, sobre todo cuando tienen voz.
Por Cristina Zuker