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Felipe Pigna

Director

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

María Seoane

Asesora Periodística y Editorial

 

Como corresponde a una sociedad democrática, la población ejerce libremente su derecho a expresar sus diversos puntos de vista, sus críticas, su disconformidad con tal o cual medida. Quizá la novedad es que esos desacuerdos no encuentran cauce en una oposición tan huérfana de capacidad de convocatoria y contención como de propuestas superadoras que vive a la espera del libreto escrito por los medios hegemónicos, a los que además cada tanto reta por no llevar eficientemente adelante su estrategia. Por parte del oficialismo hay cierta subestimación de algo tan importante como la clara explicación de la coyuntura, la clara definición sobre los formadores de precios y su incidencia determinante en la inflación, el real alcance en el tiempo y en el espacio de medidas excepcionales como el control de cambio y las restricciones a las importaciones. En medio de esta coyuntura, hay algunos nuevos-viejos actores sociales como los fascistoides caceroleros de ollas de lujo que hacen honor a las pioneras chilenas que protestaban contra la política “marxista” de Salvador Allende y, como ellas, llenan sus ollas con las operaciones mediáticas cocinadas por comunicadores sociales hijos naturales de Bernardo Neustadt. Mirándoles los rostros no hace falta ser parte del elenco de la serie Lie to me para advertir en su gestualidad un odio acumulado y un profundo resentimiento social. Sí, resentimiento social, ¿o acaso vamos a caer en la trampa del discurso dominante en la historia, las ciencias sociales y el periodismo según el cual los únicos resentidos sociales son los que provienen de los sectores populares? ¿No son resentidos sociales aquellos que se lamentan por la prisión de Videla, los que se horrorizan porque el Estado nacional permite el ingreso de bolivianos y paraguayos y porque no pueden conseguir dólares? Y en ese sentido me parece interesante hacer una observación en torno a la mujer a la que está dedicada esta edición de Caras y Caretas, la “gran resentida social”, según se machacó durante generaciones omitiendo decir, lógicamente, que un resentido social, en líneas generales, es alguien con muy poca capacidad de acción y construcción, todo lo contrario de lo que fue la vida y la obra de Evita, que se define sobre todo a partir de sus obras palpables y concretas: decenas de policlínicos modelo, hogares para madres solteras, niños huérfanos y ancianos, toda la obra de la Fundación. Y también es interesante otro de los calificativos muy frecuentemente aplicados a Eva Perón, el de “mito popular”, aplicado generalmente por los sectores dominantes que ven mitos solamente en los referentes populares: Evita, el Che, Perón, Gardel o Maradona. Como se sabe, el término “mito” arroja una sombra de duda sobre todo lo actuado por los personajes así calificados. Lo curioso es que, como venía diciendo, la clase económicamente dominante no reconoce mitos en su seno, a pesar de que algunos son bastante obvios, como el general Bartolomé Mitre, un general que no ganó prácticamente una batalla en su vida; sin embargo, nadie arrojaría sobre el padre de La Nación la sombra del mito, al que en el caso de Evita y los otros personajes mencionados, se le adiciona el –para ellos– despectivo calificativo de “popular”. Es un buen momento para recordarla, para tratarla como lo que era: un sujeto político, una protagonista de primera línea de la historia, tan lejos del mito como cerca de lo concreto y palpable y del corazón del pueblo, eso que a algunos dizque intelectuales les cuesta tanto comprender.


 

junio fue un mes borrascoso. Julio es un mes intrigante. Mientras el gobierno de Cristina Kirchner enfrenta el vendaval de la crisis económica mundial, que golpea en las costas argentinas y desgaja al Mercosur con el golpe de Estado de nuevo tipo en Paraguay, que expulsa a Lugo del poder; mientras el camionero y líder de la CGT Hugo Moyano se tiñe de rubio en TN y se pone lentes de contacto azules y cruza el charco a la oposición como grupo de choque más por razones políticas que gremiales, por cierta misoginia nunca disimulada, por intereses económicos inconfesables o alianzas espurias; mientras la clase media alta lanza sus escuálidas cacerolas a protestar por el cerrojo sobre el dólar; mientras el 7 de diciembre es el límite que la Corte Suprema impuso para el cumplimiento efectivo de la Ley de Medios Audiovisuales que implicará que el principal grupo mediático se desprenda de más de doscientas licencias con las que barre la cabeza de los argentinos; mientras la derecha se reagrupa con la esperanza de que estalle el peronismo, envuelto en la interna que atemoriza hasta a los columnistas más conspicuos; mientras todo esto ocurre, todos los santos días los argentinos sabemos que defender el trabajo y la democracia y los derechos conquistados desde 2003 es lo central para cualquier proyección de futuro. La crispación política se inició con la violencia de caceroleros contra la prensa y siguió con la huelga salvaje de los camioneros que dejó sin combustible a la sociedad –medida con la que el rubio teñido quiso dejar en claro que debe tallar en cualquier alianza de poder que se precie sólo porque su poder de daño es central para avanzar en el malhumor social que jaquee al Gobierno–. En verdad, el recuento de los daños que se acaba de mencionar configuran los verdaderos desafíos de la política en los meses que vienen. No será un lecho de rosas para los millones de argentinos que apuestan a que este gobierno no vuelva jamás a los discursos peligrosos del ajuste, como aquel sugerido por Roberto Lavagna, que partió del Ministerio de Economía cuando ante la llegada de las ráfagas de la crisis internacional sugirió a Néstor Kirchner volver a los ajustes de salarios y enfriar la economía entendida como la contracción de la demanda y del empleo. Daniel Scioli, amigo de todos, gesticula un lenguaje inaudible para los miles pero perfectamente comprensible para pocos que, tal vez, añoran los tiempos del menemato. A veces, en el fárrago de la dureza de gobernar la Argentina, no pocos se preguntan si Cristina Kirchner, como lo fue Raúl Alfonsín, es una adelantada a su tiempo. Si las marcas de estadista que la definen contrastan nítidamente con una dirigencia política que tiene un vuelo de martineta y que llega a sugerir, como toda conclusión de oportunismo criminal, que el destino de la Argentina puede ser el de Paraguay: sueñan con que marañas legislativas o judiciales destituyentes les den el poder que no les dan los votos, sobre todo ahora que nadie vela las armas. Sin embargo, ese vuelo de martineta es de quienes en verdad hace mucho tiempo han perdido toda la esperanza de tener una postura de intereses e ideas distintos a los ancestrales dueños del poder en el país: corporaciones de todo tipo, mediáticas, agrarias, financieras. Todavía, sin embargo, la primavera es una promesa cargada de política. América latina se unió en un solo haz para repudiar el golpe en Paraguay. La señal fue clara: democráticos y unidos o nada. Todavía, una mujer consciente de su tiempo gobernará como sólo ella sabe hacerlo. Como la historia de los últimos doscientos años determinó cuando sólo ella juntó tantos votos como Yrigoyen y Perón para conducir los destinos de la Argentina. Junio fue un mes amargo para la política. Y también, transparente.

 

 

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