Nunca fue un bronce. Vivió pocos pero intensos años, decisivos para la historia argentina. Y dejó su huella en cada hogar, en cada hombre, mujer, niño que la conoció, que la quiso o que la odió. A sesenta años de su muerte, su lucha por la justicia social es reivindicada con las banderas de la política y la militancia.
Aquel domingo 2 de diciembre de 1951 amaneció soleado en Buenos Aires, eran los últimos días de una primavera que Evita no había podido ver más que desde los ventanales de su habitación de la Residencia. Quería respirar el aire de aquella ciudad a la que había llegado para triunfar hacía casi 16 años. Quería recibir sobre su piel otros rayos menos lacerantes y más vitales. Le pidió a Perón que la llevara a pasear en auto. Los médicos estuvieron de acuerdo en que le haría bien, era uno de esos permisos que se otorgan con la triste duda de que podría ser la última vez. Tomaron por la recientemente bautizada Avenida del Libertador y Evita miraba todo intensamente con la misma duda de los médicos: ¿sería esa la última vez que vería aquellos árboles añosos y aquellos elegantes edificios en cuyos lujosos departamentos ya se estaban aprovisionando de champagne para festejar su muerte? ¿Sería esa la última vez que les verías las caras a sus queridos descamisados que al enterarse de su presencia en las calles comenzaron a salir a su paso a saludarla? ¿Qué sería de ellos cuando “la flaca”, como le gustaba llamarse, se fuera para siempre? ¿Tendría Perón la paciencia, la constancia para escucharlos y para solucionarles sus problemas? Siguieron por la avenida 9 de Julio y recorrieron algunas librerías de Corrientes y de Avenida de Mayo para ver en los anaqueles y en las mesas los ejemplares nuevitos de La razón de mi vida.
Pero a la vuelta del paseo, se reiniciaban las interminables y desesperanzadas sesiones de rayos, aumentaba su deterioro físico, crecían los dolores insoportables que le hacían formular la retórica y estremecedora pregunta “¿cómo puede caber tanto dolor en un cuerpo tan chiquito?”. Crecía en ella la ansiedad que se iba convirtiendo en desesperación por todo lo que le quedaba por hacer y la bronca por la certeza del inmenso alivio, de la perversa alegría que provocaba su sufrimiento y su inevitable final en sus enemigos. Días más tarde Evita grabó por radio su último mensaje de Navidad. “Que haya una sola clase de hombres, los que trabajan. Que sean todos para uno y uno para todos. Que no exista ningún otro privilegio que el de los niños. Que nadie se sienta más de lo que es ni menos de lo que puede ser. Que los gobiernos de las naciones hagan lo que los pueblos quieran. Que cada día los hombres sean menos pobres y que todos seamos artífices del destino común.”
El 4 de enero volvió a salir de la Residencia para estar presente en un homenaje que le brindaba la CGT al doctor Ricardo Finochietto, al que se distinguió con una medalla de oro “por la intervención que realizó para la curación de la más grande de las mujeres de nuestra época y la de la historia: Eva Perón”, según publicó el diario Democracia el 5 de enero de 1952. Pero en el homenaje se cometían dos errores: Finochietto no había operado a Evita y “la más grande mujer” no estaba curada, iba camino a la muerte.
Todos trataban de disimular el dolor y de mantener la ilusión de su pronta sanación. Pero Eva sabía y sentía que su final se acercaba, ya no la distraían de sus dolores ni los bocetos que le alcanzaba Paco Jamandreu de los modelos que sabía nunca estrenaría, ni la visita cotidiana de su manicura Sara Gatti y su peinador Julio Alcaraz. Tuvo que pelearse con todos para asistir al que sería su último contacto directo con sus descamisados: la conmemoración del 1 de mayo de 1952.
(...Continúa en la revista)
Por Felipe Pigna