¿Quieres visitar el sitio del Centro Cultural Caras y Caretas? Clickea aquí

 

ay pais, pais

ya no sos mi margarita

Hugo Moyano decidió ir por todo. Quiso construir su propio poder político y hoy está a punto de perder el control de la CGT.

 

 

En menos de un año, Hugo Moyano pasó de representar a la columna vertebral del movimiento a convertirse en el enemigo público número uno del Gobierno. Cuesta mucho entender este cambio. Y cuesta porque hay un discurso público que habla de un planteo gremial pero una sórdida pelea en privado por una diferencia personal. Y eso se llama lucha por el poder. Para entenderlo hay que remontarse a mediados de 2011 cuando todo pareció cambiar para siempre.
Hugo Moyano siempre soñó con ser el Lula argentino. Su PT ya lo tenía y era el peronismo. Sólo tenía que apropiarse de lo que sentía que era suyo. “Más peronista que yo, Perón”, dijo hace poco. Entonces Moyano abandonó su cómodo lugar de líder indiscutido de la Confederación General del Trabajo y empezó a moverse en las lides políticas del Partido Justicialista. El que avisa no es traidor, dicen, y se lo dijo en la cara al matrimonio Kirchner en su discurso en River, el 15 de octubre de 2010: “Renunciar a la política es renunciar a la lucha. Y renunciar a la lucha es renunciar a la vida. ¿Por qué vamos a renunciar a la política? Mi sueño es tener un trabajador en la Casa de Gobierno”. De inmediato, la Presidenta le respondió con cara de pocos amigos: “A usted que pide un presidente que sea trabajador, yo trabajo desde los 18 años”. En los hechos, el 1 de julio de 2009, Moyano había creado su propia línea interna para disputar poder dentro del justicialismo, la Corriente Nacional del Sindicalismo Peronista (Cnsp), y puso a su hijo, el actual diputado Facundo, al frente de su Juventud Sindical. Desde allí, el propio Moyano, que siempre había apretado a los intendentes del conurbano para incidir en los contratos por la recolección de basura, ahora llegaba hasta a disputar el armado de las listas de candidatos a concejales de cada distrito. Y quería el Ejecutivo de la provincia. Y poder de decisión sobre la elección del compañero de fórmula de Cristina Fernández. Para eso, había realizado un sistema de alianzas con el gobernador bonaerense Daniel Scioli y con el Movimiento Evita, de Emilio Pérsico (que abandonó la entente para sumarse a las filas de La Cámpora cuando el enfrentamiento con el Gobierno se volvió peligroso). Hace años que Moyano y Scioli trabajan pensando en 2015. Y Cristina Fernández lo sabe y no lo piensa dejar pasar. Por eso, ante este panorama, la Presidenta decidió abocarse en 2011, como no lo había hecho antes, al armado de las listas de candidatos a diputados nacionales de cada una de las provincias. Y allí privilegió a los sectores de la juventud por sobre los sindicales y hasta, en algunos casos, por sobre los caudillajes partidarios. En ese contexto, mientras discutían sobre algunas ausencias en el Consejo del Partido Justicialista bonaerense que el camionero presidía, Néstor Kirchner tuvo su última discusión con Moyano. Y las lógicas disputas por el poder se volvieron diferencias irreconciliables. Y personales.
Moyano, que hasta entonces había sabido negociar con “gordos” e independientes dentro de la CGT, para dedicarse sin complicaciones a incursionar dentro de la escena política, empezó a sentir que, por incidencia del Gobierno, no tenía su reelección asegurada. Y se le hizo carne aquello de la soledad del poder, sobre todo cuando es ajeno y no propio. Confundió una alianza táctica con poder. Creyó que había construido cuando estaba gestionando una autoridad delegada. La manija del Estado no era suya. Moyano empezaba a sonar a pasado.
La pelea se materializó en plena discusión paritaria de camioneros. Todos los años, Moyano era punta de lanza de las paritarias de todos los gremios. Este año ese rol le quedó a la Unión Obrera Metalúrgica de Antonio Caló, que le disputa a Moyano el control de la CGT. No era un dato menor. Moyano llegó a las paritarias pidiendo un 30 por ciento de aumento más una suma fija de tres mil pesos para compensar los descuentos por el impuesto a las ganancias. Después de bloquear recaudadores de caudales y transportes de combustibles, terminó arreglando una cifra similar a la que habían conseguido el resto de los gremios sin mover un dedo. Incluso, su 25,5 por ciento es similar a lo que los camioneros habían obtenido en años anteriores. Como ejemplo, en 2011 obtuvo un 24 por ciento más una suma fija como plus vacacional. Lo que demuestra es que sus paros eran una demostración de fuerza contra el Gobierno. Pero el problema de Moyano es que su fuerza no puede sostenerse en el tiempo. Un día después de los bloqueos, se sentó con la cámara empresarial (Fadeeac) y en un par de horas el tema salarial estaba solucionado. Entonces lanzó un paro y una movilización desde la pantalla de TN (del mismo grupo que lo llamó asesino) que fue refrendado por la CGT. A pesar de las consignas por el impuesto a las ganancias y las asignaciones familiares, había quedado encerrado en su propio salto al vacío y ahora la disputa tenía un escenario eminentemente político: Plaza de Mayo. El paro que no fue lo dejó descolocado para el inicio de la manifestación. La vida transcurría normalmente mientras el aparato moyanista buscaba posiciones en la mitad de la Plaza que le quedó habilitada por el Gobierno. La composición de la movilización y, sobre todo, las ausencias en el palco oficial demostraron que la jugada había sido un gran error político. Hasta su abogado, el diputado Héctor Recalde, prefirió ir a trabajar al Congreso en lugar de estar en la Plaza. Tampoco había dirigentes de peso del PJ, ni intendentes, mucho menos gobernadores. Sólo un variopinto puñado de impresentables dirigentes de la oposición decidieron acompañarlo: Aldo Rico, Cynthia Hotton, Pino Solanas, Momo Venegas, Jorge Altamira, Claudia Rucci, Luis Barrionuevo, Nito Artaza, Mauricio Macri (dio asueto a sus empleados para que fueran a la marcha), Cecilia Pando (apoyó por Facebook).
El Moyano que reclamaba poder en el PJ, hoy busca apenas retener algo de su poder sindical. Cuenta con la lealtad de sus camioneros, pero no mucho más. La interna sindical busca arrebatarle el cetro y a lo sumo podría quedarse con una fracción deslegitimada de la CGT. Pero ojo, entre sus rivales tampoco hay carmelitas descalzas y tienen razón los Moyano cuando marcan que allí están muchos de los que apoyaron la flexibilización laboral de los 90 que Hugo sí supo combatir. Lo cierto es que a los sindicalistas nunca les fue muy bien cuando incursionaron en el terreno político. Podríamos recordar a Cipriano Reyes, el peronismo sin Perón de Augusto Vandor, la candidatura a gobernador de Saúl Ubaldini o la quema de urnas de Barrionuevo en Catamarca. Al final, la sabiduría popular de nuestras abuelitas tiene razón: el que mucho abarca, poco aprieta.

 

Por Fernando Amato

 

 

Copyright ©2007 - Caras y Caretas
Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial
E-mail: revista@carasycaretas.org.ar