Luis Brandoni festeja sus primeros 50 años con la actuación protagonizando con Pepe Soriano la obra de teatro Conversaciones con mamá y acompañando a Guillermo Francella en El hombre de tu vida.
Lo primero que se ve al ingresar en su confortable departamento en Retiro es el mueble poblado de fotos que evocan momentos de su vida, tanto artística como política, más todos los premios ganados, así como la placa que testimonia su condición de ex diputado por la Unión Cívica Radical (1997-2001). Más adelante, las violetas de los Alpes laten a través del vidrio del balcón y una roja Santa Rita se aferra a las ramas vecinas. A los 72 años, que nadie le daría, Luis Brandoni lleva escrita en la cara su trayectoria impecable a través de los tiempos ásperos que le tocó atravesar: más allá de tempestades, ha caminado por el arte y la vida con una coherencia envidiable, en medio de tantos que pegaron la vuelta ante el primer relámpago. Siempre fue un dotado y alcanza con verlo homenajeando el oficio, desde el escenario o la pantalla grande o chica para terminar de comprender ese viaje que sólo un sabio actor puede transitar y que los espectadores agradecen con lágrimas y sonrisas. Sobre ese recorrido casi mágico por sus flamantes cincuenta años de profesión versa esta charla, que se transforma en un atrapante paseo por más de medio siglo.
–¿Cómo fue crecer?
–Nací en el Dock Sud y viví ahí hasta cumplir 13 años. Justo en esa fecha me mudé al Barrio River, y esto me ha permitido, no sé si para bien o para mal, ponerle un límite preciso al traslado de la infancia a la adolescencia, porque fue una mudanza importante.
–¿Mantiene la pasión riverplatense?
–Desde siempre. Lo del descenso es un enojo personal, pero uno no deja de ser quien fue. Además, en el Dock Sud y en la Isla Maciel había mucha gente de Boca y de River, porque los dos equipos nacieron en la Boca, de modo que la rivalidad empezó ahí. Yo jugaba cerca del Dique Sur. Mi viejo fue presidente de Sportivo Dock Sud, y en esa época se tenía dos equipos: uno de primera y otro de segunda división. Nosotros éramos de River y de Dock Sud, y alguna vez anhelé ser 9 en River.
–¿Y el barrio?
–Era un barrio proletario con una inmigración extraordinaria: mi abuelo materno había sido empleado del ferrocarril y aquí güinchero, trabajaba cargando y descargando los barcos. El otro también tenía que ver con el río, porque era botero, y cruzaba a la gente desde la Isla Maciel a la Boca. Lo reconocían porque remaba de parado. Yo no lo conocí porque mi papá era el menor de seis hermanos, y cuando nací Rafael Brandoni había muerto. Como tenía parientes en la isla, mi niñez pasó también allí, así que tengo un lindísimo recuerdo de mis años de pibe, de la escuela… Iba al centro desde primer grado porque mi viejo trabajaba ahí. Me iba con él a la mañana y al mediodía volvíamos a almorzar, hasta casi sexto grado. Ya después viajaba solo en colectivo, que era mucho más sencillo y rápido que ahora. Lo tomaba con naturalidad: cruzar el puente Nicolás Avellaneda era cosa de todos los días. Lo único malo era que todas las mañanas a las 7.30 se levantaba el puente para dejar pasar a los barcos que entraban y salían. En ese caso llegaba tarde y me ponían un sello grande en el cuaderno. Fue una pesadilla recurrente en toda mi infancia: soñaba que se levantaba el puente, trataba de subir y no podía.
–Fueron tiempos muy marcados por la radio.
–Yo era fanático, y tengo recuerdos extraordinarios, como escuchar teatro, y me volvía loco cuando transmitían en directo. Lo que más daño me hacía era cuando el público se reía: no se escuchaba nada porque los actores estarían haciendo gestos, y me llenaba de curiosidad. Oía un programa, Radio Cine Lux, que iba los sábados a la noche, y era la versión de una de las películas que se habían estrenado el jueves anterior, desde Cumbres borrascosas hasta lo que sea. Y bueno, muchísimas novelas, cosas para pibes… Siempre fui un gran amante de la radio, y me quedó pendiente, porque me hubiese gustado hacer radioteatro. Es un anacronismo pensarlo hoy, pero insisto en que así como la gente se aficiona a un programa, lo haría con las historias de radio. Entonces duraban un mes: recuerdo a Oscar Casco e Hilda Bernard, que tuvo la voz más linda que escuché jamás. Tampoco me perdía un programa que conducía Iván Casadó, de preguntas y respuestas.
–¿Tango?
–El tango fue la música de mi vida, y la ópera, por mi familia. Aparte, mi hermano tenía edad para ir a bailar, y era hincha de Pugliese. Me acuerdo de haber visto a Alberto Morán en el Sportivo Dock Sud, y fue impresionante. Alguna vez hice una incursión en el canto, irresponsable por ahí, pero la verdad es que me gustaba mucho, y compraba discos desde chico.
–¿Costó encontrar la vocación?
–No, porque ya tenía una cierta inclinación: de pibe hice un teatro de títeres en el galpón de mi casa. Tenía 11 años cuando fue a la escuela un señor, Salvador Del Priore, que dirigía un elenco de teatro para niños, y dejó entradas para ir a un programa que iba los sábados. Me anoté y estuve un año trabajando. Debe haber sido el 51, y hacíamos giras por Capital y Gran Buenos Aires. Después entré en el secundario...
–¿Era buen alumno?
–La verdad que no, pero tampoco pésimo: tenía problemas de disciplina. Ahí encaminé mi vida, porque era el que hacía las imitaciones. Tenía un compañero, Alejandro Podestá, que quería ser relator de fútbol desde segundo año, y lo consiguió. Yo quería ser actor pero no sabía cómo, hasta que alguien que estudiaba trompeta me abrió las puertas del paraíso: “Yo voy al Conservatorio Nacional de Música y Arte Escénico”. Así que cuando terminé el secundario, fui al Conservatorio, en Las Heras y Callao. Tenía 18, e hice los cuatro años de lunes a sábados. Mis maestros fueron Osvaldo Bonet, Néstor Nocera, Fernando Labat, Saulo Benavente, Camilo Da Passano, Luis Diego Pedreira. Tuve cuatro académicos: Juan Carlos Ghiano, Raúl Castagnino, Alfredo de la Guardia y Ángel Battistessa, el presidente de la Academia Nacional de Letras, un sabio que sabía lenguas muertas, doce idiomas y seis dialectos. Fue una gloria… No pasa día en que no aparezca un recuerdo de cómo me criaron para esta profesión, y siento un agradecimiento impagable.
–Actuó en Gotán, el reducto de la vanguardia, en Talcahuano y Corrientes.
–Corría el 66, e hicimos un espectáculo hermosísimo con dos obras escritas especialmente, una que se llamó Sainete con variaciones, de Paco Urondo, y la otra fue La ñata contra el libro, de Roberto Cossa. Cuando terminaba la primera tocaba el Tata Cedrón, hacíamos la segunda obrita, y después venía el quinteto de Ástor Piazzolla.
–¿Tiene nostalgia de aquellas épocas?
–Ese Buenos Aires era extraordinario. Ver hoy la calle Corrientes a las 11 de la noche te parte el corazón, porque la verdad es que era una fiesta que no terminaba nunca.
–Y poco después llegaría al Teatro San Martín.
–En el 69. Trabajaba en la Comedia Nacional, que funcionaba ahí porque se estaba rehaciendo el escenario del Cervantes que se había incendiado, y la reforma tardó casi tres años. Entonces estaba de prestado en el San Martín. Hice La revolución de las macetas en el 65, luego La pucha en el 69, y después Rosencrantz y Guildenstern han muerto, con Norman Briski.
–Una de las pocas obras de autor extranjero que interpretó.
–A partir del 71, me pude dar el gusto de elegir, y decidí hacer sólo teatro de autor argentino. Estar en la Comedia Nacional fue extraordinario, porque era un actor que recién entraba en la profesión, e hice nueve títulos en dos años, lo que significó una enorme experiencia. Después estuve 38 años sin trabajar en el San Martín, hasta Un enemigo del pueblo, en 2007. Estimo que los ocho años de prohibición también tuvieron que ver.
–Durante el gobierno de Arturo Illia ingresó por primera vez en la Casa Rosada.
–En ese momento andaba con la cabeza volada, pero después me enteré de que nos llevaron para agradecerle: nosotros fuimos a París con la Comedia Nacional, al Festival de las Naciones, y fue Illia el que sacó la plata del fondo reservado.
–Su actividad política se inició en la Asociación Argentina de Actores, como secretario general.
–Antes era colaborador de lo que fue la Lista Blanca, que produjo un cambio muy importante en la entidad. Ahí estaban Carlos Carella, Pepe Soriano, Juan Carlos Gené, Jorge Rivera López… La política surge a través de la actividad sindical, al alcanzar ese cargo en noviembre del 72 hasta el 9 de diciembre del 83. El estatuto de la Asociación de Actores decía que sus dirigentes no podían tener al mismo tiempo cargos políticos, y como yo era asesor del presidente Alfonsín, un día antes de que asumiera renuncié.
–En 1974 participó del acto del 1 de mayo, cuando Perón echó a los Montoneros de la Plaza.
–Ese 1 de mayo el presidente Perón propuso un acto ecuménico como festejo del Día del Trabajador, con la presencia de todo el arco político, e invitaron a la Asociación de Actores. Yo aparecí como un boludo diciendo un monólogo del gordo Viale de La pucha y, para colmo de males, en ese momento apareció un helicóptero y todo el mundo creyó que era Perón que venía. Por supuesto, nadie me dio pelota, y terminé el monólogo sin pena ni gloria. Fueron varios los artistas que colaboramos amenizando el acto político, que significó un episodio importante: el paso de Montoneros a la clandestinidad.
–¿Cuándo llegó la amenaza de la Triple A?
–En septiembre del 74. Éramos Nacha Guevara, Norman Briski, Alterio, Horacio Guaraní y yo. Alterio estaba en el festival de San Sebastián con La tregua, de modo que no volvió. Los demás tuvimos que irnos. Yo me fui a México diez meses.
–Lo abatió la añoranza.
–Sí. Volví el 25 de julio del 75, y al día siguiente River salió campeón después de 18 años. Luego llegó la prohibición: el golpe fue el 24 de marzo, y el 26, trabajando en Canal 9, mandaron a mi personaje a Japón. De ahí en más fueron ocho años sin poder hacer cine, teatro ni TV. De todos modos, el propósito de la amenaza era que no estuviéramos jodiendo acá, y no lo lograron porque muchos seguimos viviendo de nuestro trabajo, haciendo teatro de forma privada. Convivencia se hizo durante la dictadura, del 79 al 81, La Nona la estrené en esa época, igual que Segundo tiempo, de Ricardo Halac, en 1976: al estreno en el teatro Lasalle, del ambiente teatral vinieron sólo dos personas. Nos iba como el culo, pero bueno… Y el 9 de julio nos secuestraron, con Marta y una amiga. Estuvimos seis, siete horas en un auto, y entonces el comentario era “no vayas, porque ponen una bomba en cualquier momento”.
–Se dice que los actores son muy sociables y vanidosos, y sin embargo corre la versión de que es un tipo de mal carácter.
–No tengo mal carácter, hay cosas que no me gustan y las digo. La gente de Caiga quien caiga no me gusta, la he tratado mal y se ha ocupado de hacerme fama de tipo jodido, de carácter áspero. Admito que los desprecio, igual que a los programas de (Mario) Pergolini o (Marcelo) Tinelli, y no tengo ganas de ser simpático. Nadie se puede ganar la vida de una manera indigna, burlándose de la gente. Además, ¿a quién le ganaron?
–Hablemos de su vida personal. Se separó de Marta Bianchi después de 33 años y volvió a formar pareja.
–Sí, me volví a casar, y me volví a divorciar.
–No es bueno que el hombre esté solo.
–Tampoco que viva en pareja toda la vida. Tengo una relación muy linda con una mujer que tiene dos hijos chicos y estoy muy contento con eso. Además, el abuelazgo es una etapa extraordinaria, que me rejuveneció. La verdad es que estoy disfrutando más a mis nietos de lo que disfruté a mis hijas, no porque no me haya ocupado. Ahora veo lo que hacía y me pregunto de dónde sacaba la energía, pero estaba atareado en crecer en la profesión, ganarme la vida, aprender a vivir, llevarme bien con mi mujer… Tuve a mi primera hija a los 23, pero como ahora hay un responsable mayor, que son sus padres, ser abuelo permite disfrutar lo mejor de la crianza. Las dos mayores juegan al hockey, y voy a verlas a Ciudad Universitaria: soy prácticamente el jefe de la barra brava de hockey de la UBA.
–¿Qué lo hace más feliz hoy?
–Estar sano, porque me crié en una familia que cuando las cosas no salían bien decía basta con la salud. A mí me quedó grabado, y es un capital extraordinario, porque se puede poseer dinero, propiedades, posición social, pero si no hay salud es como vivir para nada. De manera que eso me hace feliz, tanto como trabajar. No me gustaría batir el récord mundial de permanencia, pero reconozco que a esta altura gozo trabajando. Otra ceremonia maravillosa es compartir la mesa: el 1 de mayo hice una reunión con catorce, quince amigos de toda la vida para festejar el Día del Trabajador, imitando a don Francisco Petrone, que en esa fecha hacía fiestas extraordinarias en su casa.
Por Cristina Zuker