Agradecido de la vida, Gerardo Romano reparte sus días entre su chacra en Uruguay, donde vive hace seis años con su mujer y su hija, y las jornadas de filmación en Buenos Aires. Todo, en el más puro de los hermetismos.
A pesar de su pasado exhibicionista, confiesa que ya no suele hacer notas, salvo ante un estreno, y en ese caso habla lo estrictamente necesario. También los RR.PP. lo han borrado de sus listas, ya que no concurre a ningún evento al que lo invitan. Convertido casi en un lobo estepario, y pese a su retirada mediática, Gerardo Romano sigue siendo ese gran actor que se lució en Condicionados, el fallido unitario sobre la industria de la pornografía vernácula que emitió Canal 13, donde su carisma se codeó con intérpretes como Soledad Silveyra, Oscar Martínez, Leticia Brédice y Ana María Picchio. Durante la charla, confirma que mantiene intacta su lucidez acerca de las veleidades de la condición humana.
–Siempre está volviendo.
–No me habría podido ir si no supiera que iba a volver, y aunque suene impudoroso, cualquier lugar que no sea la aldea de uno es un exilio. Hay una ruptura con los compañeros de primaria, parientes, ex mujeres, ex amigos, enemigos, y ese desencuentro forzoso con las raíces genera una desidentificación muy grande. Para los exiliados políticos, y su sublimación de los ideales, quizás el exilio sea menos gravoso.
–Algunos prefirieron tomar cicuta.
–Es verdad. Hay historias de gente que muere de tristeza. Yo he estado de viaje y he extrañado. Lo que pasa es que vivo en otro país, pero cerca, y todo se ve diferente cuando se amanece cada día en ese lugar.
–¿Y qué decidió esa huida?
–Los bombardeos del 16 de junio del 55. Era un enanito de 9 años: había comido un bifecito en mi casa a la salida de la escuela pública al mediodía, y me subí al colectivo 7 que iba por Avenida de Mayo, cuando todavía era doble mano. Cruzábamos Piedras, con mi mamá y la comida en la boca, para llegar a la clase de inglés, y vi el vuelo rasante de los aviones ametrallando a la gente en Plaza de Mayo. Ahí empecé a exiliarme, huyendo de esa escena espantosa… Después cerré con 2001, aunque sería injusto comparar aquel miedo, como si fuera un ejecutivo al que le confiscaron la plata.
–Hoy vive de su profesión de actor.
–Pero mucho más austeramente que antes. Necesito menos cosas para vivir. Me doy cuenta al enfocar la curva de la vida de que hay cosas que pasan a tener otro valor. También hay un desprecio social hacia ese segmento que deja de consumir: somos consumidores en lugar de ciudadanos, y cuando dejamos de serlo somos víctimas de sistemas teocráticos y hegemónicos, y en general los poderes políticos sucumben inexorablemente a ese peso, en concreto a las iglesias, a los tres monoteísmos. Somos un país católico apostólico romano según nuestra Constitución, que el Estado adopta. Me hago cargo de que es algo grave. El atentado a la Amia terminó de echarme de la Argentina, y antes el de la Embajada israelí. Me pareció alucinante que tuviéramos un gobernante musulmán, y que durante su presidencia, tan libremente, como si fuera una zona liberada, se cometiera esa masacre inédita en la historia argentina, emparentada con el 16 de junio de 1955, y con la Semana Trágica del amigo Hipólito Yrigoyen, pero sería ir demasiado lejos.
–Cuénteme de la relación con sus padres.
–Fue muy amorosa de parte de ellos, y soy un buen padre, más que generoso y solidario con mis hijos, como yo sentí que me pasaba con ellos y a ellos conmigo. Tuvieron una vida larga, y debe ser muy contenedor morir en los brazos de tus hijos. Es la muerte más generosa. Hay un momento en que no se quiere sufrir más, y suele haber un encarnizamiento terapéutico que es difícil afrontar. El encuentro con la finitud nos va a pasar a todos, pero pensando mar adentro, el tema es el derecho a una muerte digna. Y hay dos mil años de historia de tradición judeocristiana, y todo de nuevo es culpa de los tres monoteísmos: esta vida es sólo un pasaje hacia una mejor.
–Debe extrañar a su amigo Miguel Ángel Solá.
–Uy, sí. Y me enteré de que está bailando con la más fea, porque creo que se separó, a pesar de él, porque siempre es a pesar nuestro: cuando la relación es amorosa, apasionada, el hombre no puede cortar ese vínculo, no tiene los cojones que tienen ellas para hacerlo. Además, se está separando de tres mujeres, de Blanca y sus dos hijas.
–¿Y usted, cuántas separaciones lleva en la mochila?
–¡Qué sé yo! Tengo varias, ha habido relaciones que han sido de un año o dos, pero muy intensas, entonces no puedo subvaluarlas, porque se dio el encuentro, la primera mirada, la pasión, la posibilidad del disfrute con una centralidad dentro del humilde lugar que cada uno ocupa en este mundo. Yo me doy cuenta de muchas cosas que no es que ahora sean tanto mejores, si no que tenemos una valoración tan intensa, tan pura, porque ya estamos en una etapa en la que no podemos mentirnos más.
–¿Debutó en Juegos a la hora de la siesta?
–Fue un maravilloso y soñado debut, como que juegues al fútbol y te pongan de titular siendo suplente, y hagas tres goles. Y no sólo por mi tarea, sino por lo que era el todo.
–¿Había algo suyo en ese personaje?
–Era absolutamente yo. Cuando se trabaja desde la impunidad con que lo hice, se potencia el aspecto creativo porque son muchos menos los factores inhibidores. Después los críticos, los colegas, los envidiosos se ocupan de inocularte virus como para que te sientas inseguro.
–Su autora, Roma Mahieu, debió partir al exilio.
–No fue la única. La protagonista, Estela Ponce, también. Yo estaba en la Tendencia, en la Juventud Universitaria de la República Argentina, el movimiento se llamaba Forpe, en otro momento de la historia estuve en la corriente nacional y popular, y después apoyé a la Alianza, porque fui profundamente antimenemista y antiliberal. Soy globalifóbico.
–Le tocaron años duros en la facultad, donde había bastiones reaccionarios.
–En el 66 hice la conscripción en la Policía Federal. Uno podía ser soldado, ir a Aeronáutica o a la Marina, y hay que aclararlo para no recibir la sensación de rechazo: antes del genocidio de Videla un policía era un señor que podía quedarse en su casa, no te mandaban a Covunco o a Zapala, pude hacer el ingreso en la facultad, cobraba un sueldo y hasta seguí jugando al rugby, porque un policía hace 6 por 24, así que tenía 18 horas libres todos los días. Aparte, me divertía mucho, habiendo visto tanto cine norteamericano de posguerra: ir con una pistola todo el tiempo, dirigir el tráfico, decirle a la gente por donde tenía que ir. Las Fuerzas Armadas también eran diferentes éticamente antes del golpe del 76. Un militar podía ser un tipo violento, dogmático, autoritario, pero no un ladrón, ni se apropiaba de bebés, ni tiraba gente dormida desde los aviones. Éramos otra sociedad, pero hoy la policía se convirtió en pirata del asfalto, narcotraficante, tratante de blancas y hasta habilitó zonas para que ocurriera lo de la Amia o lo de la Embajada de Israel. Esto se derramó ética e ideológicamente en la sociedad, y todavía vivimos ese odio social.
–¿El éxito de Sexo, drogas y rock and roll en los 90 tuvo que ver con el menemismo o con su imagen de cierto desenfreno?
–Esa imagen me enorgullece, porque lo que tenía desenfrenada era la lengua. El menemismo, con sus terribles contradicciones y sus deleznables afirmaciones, me permitió identificarme, encontrarle sentido a estar arriba de un escenario. Pude expresar mi propia palabra, y se la dije al poder, al rey, y fue muy satisfactorio: decirle públicamente a Jorge Asís que era un genuflexo chupaculos en el programa de Mariano Grondona quedó como un clásico de la TV.
–¿Sigue tan contestatario?
–Sigo, sólo que ahora no ando con la espada por la calle porque hay edad para todo, pero en algún momento la llevaba en la mano, sin ser un violento.
–Y de amores, ¿cómo vamos?
–Estoy enamorado, no sé si alguna vez lo estuve como ahora. Lo vivo como un privilegio porque no tengo registro de un amor así, a los 65 años.
–Y Rita…
–También estoy enamorado y apasionado con ella: me ha enseñado cómo es una mujer. Un hombre no está completo en sus tránsitos si no es padre, y seguro le pasa lo mismo a la mujer. Pero no en el aspecto de parición o concepción, sino en lo que se siente, porque se puede querer tanto a alguien como a un hijo, pero en la postergación del ego y el encuentro con la veleidad de ser más solidario y amoroso, lo que te genera un hijo es irrepetible. Así que nunca podemos saber lo que es una mujer a través de nuestra madre, ni siendo hermanos a través de nuestra hermana, ni siendo pareja pasional a través de nuestra compañera de la vida: sólo a través de la hija, un varón entiende qué es una mujer, y sólo así se puede enamorar como yo lo estoy.
–¿Cómo ve el actual momento político?
–Espantoso, por lo cual es fundamental tener un líder capaz, el más apto y experimentado, el que aglutine mayor poder porque el panorama es muy difícil: hablo del crujimiento de Europa, de EE.UU. inundando el mundo de dólares, de la situación regional y el contexto social en la Argentina.
–¿No se identifica con este gobierno?
–Sí, estoy contento con Cristina Kirchner. Adhiero, y lo que decía sobre el contexto tan volátil tiene que ver con que habiendo ganado tan inequívocamente, se viva una situación mediática tan destituyente, donde el enfrentamiento con las corporaciones no afloja y hay un socavamiento genuino del poder político por parte del poder real, el económico.
–¿El poder mediático puede bajarle el pulgar a quien quiera?
–Le puede mojar la oreja a cualquiera, y el valor de ambos Kirchner, Néstor y Cristina, es no haber transado con las corporaciones comunicacionales. Los negocios con el poder los hacen esos grupos con sus diferentes ramas industriales y financieras: son el apoyo logístico a intereses de todo tipo, sean agropecuarios, mineros, industriales, latifundistas o de servicios. El área mediática sostiene y contiene, y al final no sabemos si Amado Boudou es un tremendo hijo de puta o no se sabe defender o se defiende mal, o es inocente de los negocios y delitos que se le imputan, y no lo sabemos porque está enturbiado por el hecho de que fue él quien estatizó las Afjp, el negocio más redondo que se conoce.
–Cambiando de tema, tiene una extensa carrera teatral, cinematográfica y televisiva. Si tuviera que elegir…
–El teatro, siempre. Vengo a Buenos Aires buscándolo, tengo una gran necesidad de actuar, me gusta tanto, me divierte establecer el vínculo, conocer a los otros actores.
–¿Estudió teatro?
–El teatro no se estudia. Estudié el abecé, porque si no se corría el riesgo de ser un actor poco serio. En ese momento apareció el grupo Gente de Teatro y Nuevo Teatro, que ya venían gestando todo de la mano de Lee Strasberg y Stanislavski, y toda esa camada de maestros que hubo a partir de Hedy Crilla, y su discípulo Augusto Fernandes, y Alezzo, Boero, Asquini… Yo estudié abogacía, que es una carrera de ocho horas por día culo silla, pero eso es impensado para quien tiene la morfología psicológica que lo hace incontrovertiblemente actor, y serlo para mí es como un sueño.
–¿Se psicoanaliza?
–Desde el 83 hasta 2007. No es que me dieron el alta. Fui siempre con la misma persona, pero coincidió con que me fui a vivir a Uruguay y me parecía demasiado venir acá.
–¿Hay cosas de qué arrepentirse?
–No estoy arrepentido de nada. Sólo de estar tan enamorado y no poder creérmelo.
–¿Es feliz?
–Tengo un encuentro muy emocional con la naturaleza, con las plantas, con las estaciones.
–Y eso le da una serenidad particular.
–Y otra comprensión sobre la muerte: se reduce al hecho de que no quiero sufrir, y la decisión de elegir cómo vivir y cómo morir es sólo mía.
Por Cristina Zuker